TIRATE A LA DERECHA

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«Tirate a la derecha», un texto de Eduardo Sacheri para la revista El Gráfico

Dueños de nuestros actos. Así nos gusta sentirnos, al menos en esta cultura occidental en la que, mal que mal, nos desenvolvemos. Preferimos vernos como seres racionales, pensantes, capaces de tomar decisiones. No estamos convencidos, como los antiguos griegos, de que el destino es una fuerza indomable que obedece al capricho de los dioses y juega con nuestras vidas a su antojo. En otras palabras, nos gusta pensar que nuestros actos edifican de un modo u otro nuestras vidas. Que nuestras decisiones, nuestras omisiones, aun nuestras dudas, configuran lo que habrá de sucedernos. No significa esto que neguemos la existencia del azar. Puede que no. Puede que aceptemos que la suerte –o su ausencia– forma parte del conjunto. Pero no tenemos el fatalismo de sentir que nuestras vidas son ajenas a nuestros impulsos y nuestras acciones. Al contrario. Lo que nos sucede es, al menos en parte, consecuencia de nuestros actos. Y, sin embargo, hay una esfera de la vida que para muchos de nosotros reviste una importancia casi capital sobre la que no tenemos prácticamente injerencia ninguna: el fútbol.

No hablo del fútbol chúcaro en el que muchos de nosotros gastamos lo poco que nos queda de oxígeno y articulaciones. El fútbol amateur sí nos tiene como protagonistas. Allí sí, lo que hacemos determina los resultados. Lo que hacemos o (en la mayoría de los casos) lo que no somos capaces de hacer con la pelota. Pero hay otro fútbol, que nos importa tanto como este, en el que no tenemos “ni arte ni parte”, como diría mi madre, que sabe un montón de refranes y expresiones castizas. Hablo del fútbol profesional. Del fútbol como hinchas. 

Bien mirada, la situación reviste una crueldad del tamaño de un portaviones. Una vez que hemos elegido un club, una camiseta, ya no hay vuelta atrás. No importa por qué la hemos elegido, si por herencia, por un regalo oportuno de un tío canchero, por una campaña afortunada de tal o cual institución o hasta por oposición al legado que se nos quiere imponer. Para el caso da igual. Hay un momento en nuestras vidas en el que ya no podemos cambiar. No queremos cambiar. No vamos a cambiar. La fidelidad que hemos construido, aunque pueda haber tenido en su origen motivos futbolísticos, pronto deja de tenerlos. Me explico mejor. Pongamos que me hice hincha del equipo Equis porque se coronó campeón después de una campaña memorable en la que desplegó un juego despampanante. El equipo Equis no va a jugar así para siempre. Puede suceder que el año próximo los mejores jugadores emigren al fútbol español, brasileño, ucraniano o uzbeko, donde ganarán mucho más dinero que en nuestra noble patria. Y que el lugar que dejan vacante esos nobles prohombres sea ocupado por una manga de palurdos, torpes percherones lastimeros que sepan de fútbol lo que yo sé de química molecular (que es nada, aclaro). ¿Acaso voy a renunciar a mi fidelidad por Equis? No. Ni se me cruzará por la cabeza. Seguiré hinchando por esa camiseta, independientemente de quienes la vistan y de que tan horriblemente jueguen. 

Y mi humor cotidiano tendrá mucho que ver con cómo les vaya el fin de semana. Y la materia de mis insomnios. Y la ternura de mis esperanzas. Es verdad que, salvo que yo sea más estúpido que la media, seguiré considerando que hay cosas más importantes que el equipo Equis. Pero los avatares de su desempeño teñirán, como una pátina, un esfumado, esas otras cosas más importantes. Si las cosas importantes de mi vida van mal, el razonamiento será: “No me sale una, pero por lo menos Equis anda bien”. Y si las cosas de mi vida marchan bien, tal vez el diálogo íntimo diga: “Es cierto que mi vida camina bárbaro, y, sin embargo, a Equis le está yendo para el traste”. Ahí estará esa pátina, ese telón de fondo, esa especie de luz de cielo límpido o nublado que teñirá el resto de los colores.

Y no hay nada –repito–, NADA que podamos hacer al respecto. Nosotros no jugamos en Equis. No somos dirigentes de Equis. No formamos parte del cuerpo técnico del plantel profesional. Como mucho vamos a la cancha, siempre y cuando dispongamos de unos cuantos mangos, y la cancha no nos quede a quinientos kilómetros (cosa que acontece mucho más a menudo de lo que muchos porteños gustan de pensar). Y ahí estamos nosotros, los hinchas de Equis. Con mucho para desear, con mucho para padecer, con mucho para perder, con mucho para añorar, pero con NADA para hacer.

Y en ese terreno fértil que queda a mitad de camino del amor, de la inacción y de la impotencia, surgen las cábalas. Esas fantochadas, esas burdas elucubraciones inútiles que casi todos los futboleros fabricamos en la necesidad de sentir que sí, que sí tenemos parte, que sí hay algo que depende de nosotros en este entuerto. 

Detengámonos por un instante, amigos lectores. Todos. Todos nosotros, futboleros y cabuleros como somos. Usted amigo, sí usted, sáquese ese ridículo sombrerito tipo Piluso que utiliza desde que Chacarita salió campeón en el 69. Lárguelo, le digo. O usted, amiga. Sí, a usted le hablo, señora. Quítese ese colgante de cuernitos que usa desde que Mostaza Merlo sacó campeón a la Academia en 2001. Los dos de allá, los del fondo, los de la camiseta de Boca. Pongan para lavar de una buena vez esas camisetas que usan desde que Bianchi ganó el primer torneo, allá por el 98. Sí, esas que tienen la banda amarilla bien ancha. Y ahora los demás. Largando los amuletos. Despacio. Pongamos las manos donde el resto pueda verlas. Lo mismo con los sillones, sillas, mecedoras y banquitos. Esos que, según ustedes, les garantizan el triunfo, porque vaya a saber en qué año, sentados ahí, ganaron tal o cual partido memorable. Ahora las radios portátiles. Sí, por favor. No se resistan. Las radios también. Esas que tienen tantos años que consumen más que un Ford Fairlane. Esas que ahora no pueden llevar a la cancha porque cada pila puede convertirse en un proyectil asesino de medio kilogramo. Ya sé que con esa radio, y con ninguna otra, escucharon la vuelta olímpica que les contó Fioravanti, Muñoz o Víctor Hugo. Por último, los que cultivan el género de “Cábala-promesa”. No se hagan los giles. No me pongan carita de que no entienden. Vamos, que no tengo todo el día. Hablo de esos que prometen en silencio tal o cual conducta ridícula, o dificultosa, o ridícula y dificultosa, con tal de que su equipo gane. ¿Ejemplo? No se hagan los giles. ¿Insisten? Bien. Ahí va uno: “Si mi equipo gana el clásico, no voy ni siquiera a probar la picada de los viernes durante cuatro meses”. ¿Queda claro? Esa estupidez o cualquier otra. Bien.

Y ahora, que todos nos hemos despojado de las cábalas. Pensemos. ¿Qué ha cambiado? ¿En qué puede influir que yo vaya a la cancha ataviado siempre con el mismo calzoncillo? ¿En qué puede modificar el destino de mi equipo el hecho de que yo, antes de cada fecha, comulgue en la misa de siete de los viernes? ¿Qué influencia puede tener, sobre los innumerables eventos de un partido, que yo me bese el codo izquierdo en cada ataque de los rivales? ¿Qué injerencia posee, sobre el desempeño del equipo, mi ingesta de salamín?

No sirve de nada. No modifica nada. No cambia nada. Y, sin embargo, los futboleros necesitamos fantasear con que sí, con que conservamos algo de control, con que algo que hagamos, o que digamos, o que establezcamos, como sumos sacerdotes de una religión que únicamente nosotros comprendemos, obrará el milagro de poner a esos fulanos a jugar al fútbol como deben. 

Ahora, mientras busco ponerle el punto final a esta columna, me asalta un recuerdo. Año 1980, 1981, no estoy seguro. Tribuna popular local de la cancha de River. Mi hermano me ha llevado a ver a su equipo. No cabe un alfiler. No me acuerdo contra quién juegan los millonarios. Pero sí me acuerdo de que, con el partido 0 a 0, el árbitro cobra un penal para los visitantes en el arco que da hacia donde estamos nosotros. Justo detrás de mí, también de pie, hay un anciano. Y el viejo murmura, mientras el Pato Fillol se agazapa: “Tirate a la derecha, Pato. Tirate a la derecha”. Sobreviene el penal. Y el Pato ataja el disparo, arrojándose hacia su lado derecho. El viejo, jubiloso, repite una vez y otra que el Pato lo escuchó. No lo dice en sentido figurado. Lo dice y lo repite hasta el cansancio (cansancio ajeno, de los que estamos cerca del viejo, porque él continúa reiterándolo, feliz e imperturbable) convencido de que si River no va perdiendo es gracias a él, a su pálpito apenas murmurado, pálpito que de un modo mágico e inexplicable ha sobrevolado miles de cabezas, la bandeja inferior de la tribuna Almirante Brown, la pista de atletismo, la hilera de fotógrafos y bomberos, hasta aterrizar en la renegrida cabellera del Pato Fillol y convencerlo de que el penal era justo ahí, abajo y a la derecha.

En fin, basta por hoy. A ver usted, el de Chacarita. No se olvide el gorro tipo Piluso. ¿De quiénes eran estas dos camisetas de Boca? Bien, aquí las tienen. Acá me queda una radio portátil sin dueño… De nada. Retirémonos en orden. Y sí, sigamos con nuestras cábalas. ¿O acaso el fútbol no necesita, también, de nuestra perpetua inocencia?


 

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El fútbol de otra manera.

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