HOY JUEGA RONALDINHO

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Hace 11 años, un morocho pisaba el Camp Nou ante una multitud que lo recibía con amor y esperanza. Aquel morocho se la pasaba sonriendo. Difícilmente en su rostro se percibía otro gesto. Y ese ya era un rasgo característico suyo. Ronaldinho ya había surgido de las inferiores de Gremio y deslumbrado a Francia con la camiseta del Paris Saint-Germain. También había conquistado el mundo con Brasil en 2002, junto a otras estrellas como Rivaldo y Ronaldo. Barcelona lo esperaba para con los brazos abiertos, luego de invertir 24 millones de euros.

Lo que siguió a aquella presentación es historia del fútbol. Difícilmente el mundo pueda haber visto antes tanta alegría adentro de la cancha. Gambetas, lujos, caños. Ronaldinho hizo del fútbol el arte más hermoso de todos. Cuando Barcelona jugaba, sentarse en las butacas del Camp Nou o simplemente al frente del televisor, significaba pasar un buen momento. Disfrutar y gozar con cada intervención de aquel brasileño simpático y divertido. El que bailaba adentro de la cancha, humillaba rivales, y era admirado por propios y extraños. Ronaldinho, si. Al que nosotros quisimos pese a ser propiedad de los vecinos. El mejor jugador del mundo en el año 2004. El tipo al que veíamos en Youtube haciendo magia con una pelota. La tenía atada, de verdad. Si hasta el mismísimo Santiago Bernabéu se entregó en aplausos luego de que convierta un golazo de los suyos. Cómo no quererlo además, si fue una especie de padre futbolístico de quien es hoy el mejor jugador del mundo: Lionel Messi. Ahora, con la historia escrita, uno imagina que Dinho siempre supo qué clase de jugador era el rosarino. Por eso lo mimó y lo ayudó. Sin recelos, lo elogió cada vez que pudo. Porque con Leo comparten el amor por la pelota, y ven al fútbol como un lugar para disfrutar. Ambos aman estar adentro de una cancha. Se desviven por tener la pelota en los pies, y hacen cosas que pocos pueden. Por eso y por mucho más, ¿cómo no querer a Ronaldinho?

Y así, extrovertido como lo ven, el morocho sonriente ganó absolutamente todo. Llevó al Barcelona a la cima y cuando se cansó de la presión y la vida europea, armó las valijas y pegó la vuelta hacia tierras sudamericanas. Muchos lo bastardearon tras su paso por Flamengo, pero subestimarlo fue un error. Se reconvirtió sin dejar de lado su esencia, y llevó al Atlético Mineiro a conquistar América. Pocos se dieron el lujo de ganar los trofeos más importantes de América y Europa, y además, ligas locales, un Mundial, Copa América, Copa Confederaciones. Es un ganador nato, y su forma de ganar, regalando sonrisas al espectador, lo hace aún más grande.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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