FANTASÍA Y GOL A CARGO DEL CHAPULIN

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“Coach, tranquilo. Romario va a marcar y vamos a ganar”. El propio jugador le transmitía tranquilidad a Guus Hiddink, entrenador del PSV Eindhoven, vigente campeón de Europa. La confianza del crack brasileño se veía en la cancha.

Quizás la característica más sobresaliente de Romario haya sido la imaginación. Para resolver jugadas, tenía un repertorio enorme. Paredes, sombreros, acrobacias, pelotas tiradas hacia adelante, frenos, amagos con el cuerpo, emboquilladas. El brasileño jugó toda su carrera con el arco entre ceja y ceja, pero también tuvo mucha creatividad y efectividad. Porque no es lo mismo idear que realizar.

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Debutó en Vasco da Gama en el año 1985, y no tardó en ser el centro de atención. Goleador del Campeonato Regional en dos oportunidades, la misma cantidad de veces que conquistó dicho título. Por su estílo alegre e innvoador, no extrañó que Romario encajara a la perfección en la Selección Brasileña. En 1987, el atacante de baja estatura se consolidó en la Canarinha: jugó 17 partidos y convirtió 19 goles. Al año siguiente, se quedó al borde de la Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de Seúl. Fue el goleador del certamen y hasta convirtió en la final, pero Brasil cayó por 2-1 ante la Unión Soviética.
Resultado de imagen para romario psvDesde Holanda, Guus Hiddink le ganó a todos y se lo llevó al PSV Eindhoven. Se trataba del Campeón de Europa; el que había eliminado en semifinales al Real Madrid y levantado la orejona por penales ante Benfica. Inteligente, hábil, rápido y creativo, Romario brilló ante defensas altas y lentas. Consiguió ganar tres ligas holandesas, aunque la Copa de Europa se le negó. En su primera temporada en el club, Real Madrid se tomó revancha del último campeón. De la siguiente edición, la 1989-90, fue el goleador, pero PSV cayó eliminado ante el Bayern Munich. En aquella temporada, para su fortuna, pudo tranformarse en héroe de su país: con un gol de cabeza, consagró a Brasil campeón de la Copa América 1989.

Para cuando llegó al FC Barcelona, su dominio del área era aterrador para los rivales. Coleccionaba recursos y fantasía. Además, el conjunto culé dirigido por Johan Cruyff venía de ser campeón liguero tres veces consecutivas y también había levantado la Copa de Europa. No podía salir mal. El brasileño aprovechó el gran juego generado por Ronald Koeman, Bakero, Pep Guardiola, Stoichkov y Michael Laudrup. Fue el pichichi en el cuarto título consecutivo. Al final de esa temporada, la 1993-1994, llegó a Estados Unidos como la principal estrella brasileña en la Copa del Mundo.

Se trataba de una selección brasileña ya muy diferente a la que había maravillado una y otra vez en las citas mundialistas. Sin Pelé, faltaba el lider. Para peor, la Selección Argentina había ganado dos Copas del Mundo y llegado a la final en otra, disfrutando además de Diego Armando Maradona. Con un estílo más rocoso, de garra, táctica y menos fantasía, Romario fue el elemento de esperanza. Junto a Bebeto en la dupla ofensiva, comandaron al cuarto título mundial. No hubo otro nombre capaz de quedarse con el trofeo FIFA World Player.

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La vuelta a Camp Nou no fue la esperada. Su personalidad directa y sencilla muchas veces no concordaba con el profesionalismo que se esperaba en Barcelona. Además, lesiones, la mirada de reojo de Cruyff y cierta parte del público y falta de continuidad. El regreso a su tierra natal para jugar en Flamengo dejaba en claro que el crack necesitaba sentirse querido, respetado y también permitido de ciertas excepciones. Parecía difícil no concederle esos permisos: en sus dos temporadas con Flamengo, convirtió 59 goles en 59Resultado de imagen para romario flamengo partidos. Desde España volvieron a seducirlo, y aceptó: los dirigentes de Valencia lo esperaban con los brazos abiertos, pero no así Luis Aragonés, quien era más estricto con las conductas. Por eso el crack regresó a Brasil, pero cuando Jorge Valdano asumió la conducción “Che”, clamó por el regreso de Romario -a préstamo en Flamengo- y el delantero, con total confianza, volvió a demostrar su talento. Una lesión y la destitución del argentino para la llegada del italiano Claudio Ranieri, derivaron en un nuevo regreso a Flamengo. Allí volvió a renacer. Ganó la Copa Mercosur y entrado el nuevo siglo gritó campeón con su primer amor, Vasco Da Gama.

En ese lapso se dio el lujo de volver a ganar títulos con la Selección: en 1997 Brasil se quedó con la Copa América y la Copa Confederaciones. Por aquel entonces, Romario hacía una dupla letal con el fenómeno Ronaldo, que había seguido sus mismos pasos: de Brasil al PSV y de allí a Barcelona. Por aquel entonces los esquemas solían ser con un sólo volante central, y Romario, mas experimentado y sin la velocidad de antaño, dañaba entre líneas. Deslumbraba por sus movimientos, su juego de espaldas, el arrastre de marcas. Ronaldo deslumbraba al mundo con una explosión física pocas veces vista.

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Los años pasaron pero Romario nunca dejó de marcar goles. En 2002, el potencial brasileño era magnífico pero el debate pasaba por si el ídolo debía o no integrar la lista mundialista, a pesar de sus 36 años. Lejos de estar en el final de su carrera, el astro continuó con su arte de convertir goles hasta 2009, después de jugar en Vasco, Fluminense y Miami FC, además de algunos partidos aislados con el motivo de seguir ampliando sus números goleadores, que según cifras oficiales, terminaron en 760 conquistas.

Romario fue un futbolista particular. Mágico, divertido, lujoso, goleador. Pudo ser aún mejor, según reconoció él mismo: “Yo nunca fui un deportista. Si hubiese llevado una vida ordenada, habría marcado aún más goles. Pero no sé si sería feliz como lo soy hoy”.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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