EL PADRE DE LA BESTIA

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En cualquier charla futbolera, ya sea café de por medio, con unas cervezas, en un colegio o en una tribuna esperando que empiece el partido, aparece, una y otra vez, el nombre de Carlos Salvador Bilardo. Todos los caminos conducen a esa dicotomía que se generó en torno a su persona y la de César Luis Menotti, en la que cada uno de ellos representa una filosofía y un estilo de juego. Sin embargo, es común olvidarse del maestro que tuvo Bilardo; el hombre que impregnó sus ideas en Estudiantes de La Plata mucho antes de que Carlos Salvador fuera técnico. El padre de la bestia: Osvaldo Zubeldía.
Osvaldo Juan Zubeldía nació en la ciudad bonaerense de Junín allá por 1927. Desde muy chiquito respiró fútbol. Jugaba todo el día con sus amigos y era fanático de River Plate. Una vez lo llamaron para hacer una prueba en el equipo, pero cuando llegó y vio a José Manuel Moreno, Adolfo Pedernera y otros integrantes de “La Máquina”, se acobardó y regresó a sus pagos.
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Su rol en la cancha era el de interior izquierdo. Carlos Griguol lo recuerda como “muy lento para jugar pero rápido a la hora de entregarle el balón a sus compañeros”. Su debut se produjo con la camiseta de Velez Sarfsield en 1949, año en que tuvo su tarde de gloria como jugador: un 25 de septiembre le marcó tres goles a Amadeo Carrizo. Raro, ya que Eduardo Rafael, un periodista de aquel entonces, rememora que “para evitar patear el arco, le daba siempre la pelota a algún compañero”. En 1956 pasó a Boca, pero no le fue bien y dos años después fue transferido a Atlanta. En 1960 jugó sus últimos partidos como futbolista en Banfield, a la par que dirigía a Atlanta junto a Antonio Mogilevsky. Jugadores como Hugo Gatti y Luis Artime recuerdan que en su paso por el Bohemio implementó cosas que no solían verse en nuestro fútbol, como el doble turno de trabajo y ciertas cuestiones tácticas/reglamentarias, como aprovechar el fuera de juego. Fue tal el impacto que causó que, tras varios años pésimos de la Selección Argentina, fue designado para cambiar los aires y preparar al equipo para el Mundial a disputarse en 1966 en tierras inglesas. Asumió la conducción técnica junto a Antonio Faldutti. Durante un mes concentró con el plantel en una quinta de Morón, donde los hizo empapar de sudor trabajando por largas horas a la mañana y a la tarde. También les cambió el plan de alimentación y los hizo aprender inglés. La AFA, con Raúl Colombo como Presidente, no aceptó su plan de trabajo y además, quiso alejar de su cargo a su compañero. Este episodio terminó con la renuncia de ambos y la asunción del Juan Carlos “Toto” Lorenzo.
En 1965 llegó al que sería su lugar en el mundo. El club donde sus ideas encajaron a la perfección con las ganas de un plantel sediento de gloria, que terminaría marcando un antes y un después en la historia de nuestro fútbol. Aquel año llegó a Estudiantes de La Plata con el objetivo de salvarse del descenso. Apenas firmó, empezó a trabajar ciertas cuestiones tácticas como la implementación de los stoppers, y el tiro de esquina enviado al primer palo. El Negro Fontanarrosa en su libro “No te vayas, campeón”, bromea con que era menos riesgoso meterse en una isla repleta de karatecas que jugar un partido de Copa con Estudiantes: “Había patadas, planchas, zamarreos, remolinos, empujones, puteadas y escupidas por doquier, permitidas por un arbitraje mucho más permisivo que el actual”.
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Zubeldía armó un equipo tenso, atento a los detalles, motivado por el afán de gloria y preparado para sacar ventaja de cualquier situación que se le presentase. El entrenador encontró un vacío legal en el reglamento y entendió que se permitía pechear con el bíceps y con el hombro. “Del mismo modo que los All Blacks neocelandeses anuncian en su ritual maorí que se van a comer vivos a sus adversarios, ellos avisaban a sus rivales que no los iban a dejar jugar tranquilos, que les iban a hacer sentir el rigor y que les iban a tirar el cuerpo encima tantas veces como fueran necesarias” relató Fontanarrosa. Se cuenta que antes de cada partido, en lugar de hacer jueguitos o trotar, como hacían y hacen la mayoría de los equipos, los jugadores del Pincha corrían por toda la cancha en parejas, dándose aliento y pecheándose entre ellos.
Imagen relacionadaSu conjunto fue criticado por amplios sectores de la sociedad. Lo tildaban de defensivo y decían que arruinaba el espectáculo. Sin embargo, su filosofía era muy distinta: “Eso de que lo importante es competir es una frase hecha para los otarios y creada por los perdedores… La única verdad es ganar”. También explicó en varias ocasiones que, si bien la jugada del off-side era totalmente desgastadora para los rivales, no tenía sólo fines defensivos y que, además, cuando le tocaba enfrentar a rivales que eran muy habilidosos con la pelota y que podían llevarle peligro mediante centros, intentaban salir en bloque para complicarles el ataque y recuperar la pelota muy lejos de su arco.

Sus logros al frente del equipo platense son muy amplios. En 1967 se consagraron campeones del Metropolitano. Llegaron a un récord (luego superado por Independiente) al obtener tres Copas Libertadores consecutivas (68,69 y 70), y coronándose también en la Intercontinental del 68 y la Interamericana del 69. Luego, Zubeldía fue entrenador de Vélez, San Lorenzo (donde ganó el Nacional 1974) y Racing, en nuestro país. En 1976 recaló en Colombia, donde generó una revolución. El propio Zubeldía reconoció: “acabé con la siesta, con los desayunos fuertes y los almuerzos prolongados. ¡A la cancha! A trabajar mañana y tarde…” Allí se hizo con los campeonatos locales de 1976 y 1981 al frente de Atlético Nacional.
Sus dos apodos hacen honor a su forma de ser. Uno de ellos es “Zorro” por su astucia y la viveza que lo caracterizó. El segundo de ellos es “Troesma”. Es que, más que un técnico era un maestro. Les enseñó a sus jugadores que sin esfuerzo no iban a conseguir nada. Los motivó para todos y cada uno de los partidos que tenían que jugar, y les hizo entender que eran afortunados por trabajar de lo que les gustaba. Una mañana los llevó a la estación de trenes de Constitución y los dejó observar a la multitud de trabajadores apurada por llegar temprano a sus empleos y les dijo: “Esta gente que ustedes dicen que va y viene como loca, está apurada por entrar a laburar. No les queda otra, porque sino se mueren de hambre. Si nos rompemos el lomo entrenando vamos a ser campeones del mundo. En cambio, si nos creemos los mejores y nos tiramos a vagos, nos vamos a sumar a esta gente que va y viene, está en ustedes…”. Si será cierto que era un maestro, que la mayoría de sus dirigidos en esa etapa luego fueron entrenadores, como Manera, Malbernat, Echecopar, Pachamé, Verón y Bilardo. Además, dejó impresas muchas de sus ideas en el libro “Táctica y estrategia del fútbol”.
En 1974, durante el Mundial disputado en Alemania, recibió uno de los elogios probablemente más importantes de su carrera. El holandés Rinus Michels, técnico de la Naranja Mecánica, equipo sensación del momento, dijo: “¿Ustedes me preguntan por el fútbol total? El fútbol total lo inició Osvaldo Zubeldía en Estudiantes de La Plata 6 años atrás”. En Old Trafford, estadio donde el Pincha se consagró campeón del mundo al vencer al Manchester United, todavía conservan un pizarrón utilizado por el Zorro donde se puede leer la frase “a la gloria no se llega por un camino de rosas”. Estos dos reconocimientos a su idea ayudan a ilustrar lo importante que fue, aunque lo que más importa es el legado que dejó en el pueblo.
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About Author

Estudiante de Historia en la UBA. A veces oficio de periodista. Hincha y socio de Argentinos Juniors.