CORBATTA, ESE LOCO DE LA RAYA

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Gambeteador, impredecible, crack como jugador. Con problemas matrimoniales y de alcohol en su vida privada. Orestes Osmar Corbatta es considerado el mejor wing que supo salir en el fútbol argentino. Ídolo de Racing, a tal punto que la calle donde se erige el Cilindro lleva su nombre. Un fenómeno al que la miseria llevó a la ruina.

En la ciudad de Daireaux, provincia de Buenos Aires, el 11 de marzo de 1936, nació un desfachatado, un atorrante (en el buen sentido): Orestes Osmar Corbatta. “El Loco”, como lo apodó su amigo Juan José Pizzuti, era un wing antiguo, encarador, desprolijo en su aspecto, con medias bajas e inconsciencia a la hora de jugar. Su aventura comenzó en 1955: tras una prueba en Estudiantes, recaló en Racing. Venía de jugar en Juverlandia de Chascomús, y “La Academia” se quedó con su pase a cambio de unos juegos de camisetas. Le pagaban un sueldo escaso, que le alcanzaba para pagarse una pensión y dejar de dormir en la utilería del estadio.

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Con solo dos meses en el club, debutó en la Primera División en un encuentro ante Gimnasia. Como futbolista fue único. En Racing permaneció siete años y conquistó los títulos de 1958 y 1961, conformando una de las mejores delanteras de la historia de la institución: Corbatta, Pizzuti, Oleniak, el Marqués Sosa y la Bruja Belén. Impredecible para propios y extraños, cada paso que daba en la cancha era una maniobra que descolocaba a todos. En un encuentro ante Chacarita, fue capaz de, estando en ataque con la pelota, retroceder, dar la vuelta por todo el campo de juego y atravesar la línea de su propio arco para luego volver a atacar.

También fue un excelso ejecutor de penales: convirtió 39 sobre 42 pateados. Una anécdota cuenta que, en el Mundial de 1958, Amadeo Carrizo lo desafió tras una práctica. El arquero sería vencedor del reto si le atajaba diez penales de 50: Corbatta convirtió 49 y el restante dio en el palo. Apacible, fue él quien bautizó como “Chango” a Juan Carlos Cárdenas. Además, le convirtió siete goles a Independiente durante su etapa en Racing.

Era una estrella del fútbol argentino, pero se fue extinguiendo con el correr de los años, a tal punto de terminar en la miseria. Con serios problemas de alcohol, frecuentemente terminaba internado en el Hospital Fiorito, a metros del Cilindro. Solitario, analfabeto, tuvo una historia triste. Cuenta Pizzuti que Corbatta agarraba los diarios, iba a la plaza y se ponía a ver los dibujos. Fue Pedro Dellacha quien le enseñó a garabatear su nombre para poder firmar autógrafos. Los divorcios que tuvo lo dejaron en la ruina, sin dinero, sin departamento en Olivos, sin nada.

En 1963, pasó a Boca tras comprárselo a Racing en doce millones de pesos (la Academia los utilizó para remodelar el Estadio Presidente Perón), pero no volvió a brillar. Los siete goles en 18 partidos y los dos títulos, son un poco engañosos. “El Loco” nunca tuvo el nivel que consiguió en Avellaneda y que lo catapultó a la Selección. Esa categoría que hizo que lo llamaran “el Garrincha argentino” y que los brasileros le dijeran a Garrincha, “el Corbatta brasileño”, no volvió a ver la luz. Desde 1965 hasta 1969 permaneció en Independiente de Medellín. Ese pasó por Colombia fue más un éxodo humano que un bien deportivo. Lo necesitó para alejarse de todos los problemas que lo aquejaban en Argentina. Su llegada generó mucha ilusión en tierras cafeteras, pero no dio la talla. El destino quiso cruzarlo con Racing nuevamente, pero en contra. En la Copa Libertadores de 1967 se enfrentó al club donde fue feliz: Agustín Mario Cejas le desvió un penal, la especialidad de Corbatta.

La Selección Argentina pudo disfrutarlo en su esplendor. Fue miembro de la camada de juveniles apodados como “Los Carasucias”, junto a Maschio, Sívori, Angelillo y Cruz. Además fue el único que se salvó de la catarata de críticas que sufrió el combinado de mayores tras ser eliminado en la primera ronda del Mundial de 1958, ante Checoslovaquia. El Loco convirtió tres goles en la misma cantidad de partidos disputados. En total, hizo ocho en 43 cotejos y ganó los Sudamericanos de 1957 y 1959. Tras pasos sin pena ni gloria en San Telmo –se retiró profesionalmente tras perder la final de la Primera B ante Ferro, en 1970, donde el propio club le pidió ir para atrás para no ascender-, Italia Unidos de General Roca y Tiro Federal de Río Negro, la época futbolística del Loco terminó en 1974.

La vida de Corbatta fue tornándose más gris con el correr de los años. Las cuatro esposas que tuvo lo dejaron en la miseria, con salidas nocturnas que derivaban en internaciones en el Fiorito y problemas de alcohol que le provocaron cirrosis. El dinero que ganó, lo perdió con sus mujeres, lo despilfarró o, simplemente, lo regaló. Durmió en bares de amigos o en el Presidente Perón que lo albergó. Racing le pagó una pensión durante un tiempo para que tuviera donde vivir. Otras ocasiones le prestó un lugar debajo de la tribuna de ese entonces. El 6 de diciembre de 1991, en un hospital de La Plata y a causa de un cáncer de laringe, murió Corbatta. Un pícaro e impredecible jugador en la cancha; un ingenuo y querido ser humano fuera de ella. Su recuerdo siempre estará presente. Fue el mejor wing que estas latitudes dieron en la historia. Y en Racing su huella será imborrable. Cada fin de semana, cuando los hinchas vayan al Cilindro transitarán por la calle que tiene su nombre. Orestes Osmar Corbatta, ese Loco de la raya, tanto en el campo de juego como en la vida.

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