OBDULIO VARELA, EL DISTINTO A TODOS

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En Uruguay es palabra sagrada, y todo futbolero de buena ley debería de conocerlo, sin importar en qué rincón del planeta haya nacido. Sin embargo, pese a todo lo que se endiosa a su figura, Obdulio Varela prefiere desmitificarse a sí mismo. Por ejemplo, cuando dice que era mentira su profesionalismo a rajatabla: “Yo no era disciplinado. A veces me escapaba de las concentraciones para ir a jugar al campito”.

Nació un 20 de septiembre de 1917, y se ganó un lugar en la historia por ser el capitán de aquel equipo charrúa que protagonizó el Maracanazo, pero también por haber demostrado, a lo largo de toda su carrera, otros principios y valores. Siempre destacó la enseñanzas del barrio y la calle; el amor de su familia, los amigos. Un hombre respetuoso que levantó siempre la famosa bandera del “dar para recibir”. Se crió además, viendo como sus referentes futbolísticos ponían a Uruguay en lo más alto del fútbol mundial. Y justamente, fue el maltrato a aquellos campeones que terminaron en la miseria lo que lo motivó a encabezar una huelga mutual de 7 meses para defender los derechos de sus colegas. No era uno cualquiera. En ese entonces ya usaba la cinta de capitán en la Selección Nacional, y durante el parate por el reclamo, se las arreglaba con trabajos de albañil. Impensado en los tiempos que corren, pero nada raro si se habla de Obdulio Varela, el mismo que de joven vendía diarios para ayudar a su familia.

Quienes lo disfrutaron, explican que cuando debutó en Wanderers, llamó la atención más por su personalidad que por su manera de jugar. Los dirigentes de Peñarol lo vieron y no dudaron en ir a buscarlo. Obdulio, hincha del Manya por influencia su padre, eligió esa propuesta por sobre la de Nacional, el clásico rival. Con la camiseta aurinegra se terminó de convertir en un verdadero caudillo, y no tardó en ser convocado a la Selección. Tal era su imponente presencia que sus compañeros afirman que no se animaban a tutearlo. Siempre Obdulio, aunque a él le gustaba más que lo llamaran más por su segundo nombre: Jacinto. Ya retirado, también se encargó de negar su fortaleza mental: “A veces se demuestra una cosa que no es”, afirmaba en una de las pocas entrevistas que dio en toda su vida.

En 1942, ya como capitán de la celeste, fue campeón sudamericano. Pero la gran cita, el Mundial, se encontraba suspendida por la devastadora Segunda Guerra. Llegó al fin en 1950, en suelo brasileño. El plantel uruguayo no estaba en su mejor momento.El pueblo no les tenía fe: fueron pocos los que se acercaron a darles la despedida antes de emprender viaje a tierras cariocas. El estado físico era una de las mayores preocupaciones, pero el sorteo los emparejó contra Bolivia y fue un histórico 8-0. En el grupo final, la Celeste debutó ante España. Perdía por 1-2, y pero Obdulio Varela, que no era habitué en eso de convertir goles, se encargó de empatar el partido con un remate desde afuera del área. El posterior triunfo ante Suecia les dio a los uruguayos posibilidades matemáticas de ser campeones del mundo, pero la tarea parecía misión imposible: había que ganarle a Brasil, en el enorme Maracaná.

Los brasileños desplegaban un fútbol de alto vuelo. Desde las calles y los medios de comunicación se encargaron de comenzar la fiesta antes de tiempo. Los propios dirigentes uruguayos, antes del partido definitorio, felicitaron a los jugadores y les pidieron que se conformaran con perder por menos de 4 goles. Pero Obdulio, capitán de gran influencia para con sus compañeros, los juntó a todos en el tunel para lanzar su mítica frase: “Los de afuera son de palo”. El volante central estaba decidido a volverse a Uruguay con el trofeo, y contagió a sus compañeros sus deseos de victoria. Brasil se puso en ventaja a poco de iniciado el segundo tiempo, y allí, Obdulio entró en acción: agarró la pelota y fue a protestarle al juez de línea por un supuesto offside. Nadie entendía nada. Pidieron un traductor porque el capitán charrúa no hablaba inglés. Con la pelota bajo el brazo, demoró la reanudación del encuentro mientras los jugadores brasileños se impacientaban y el público transformaba su euforia en preocupación ante un posible gol anulado. Obdulio notó el miedo; supo que podían ganar. Su sueño comenzó a hacerse realidad cuando Juan Schiaffino puso el 1-1 que igualmente alcanzaba para que Brasil se corone campeón. Y a los 34 minutos, Alcides Gigghia escapó por la banda derecha y remató al primer palo. Moacir Barbosa, que había ido hacia el segundo intuyendo un centro, no pudo hacer nada ante el bajo remate. El Maracaná quedó incrédulo y enmudecido. La Copa se escapaba y eso no estaba en los planes de nadie, a excepción de Obdulio Varela.

“Si le decías a Obdulio que íbamos a perder… capaz te agarraba del pezscuezo y te ahorcaba”. Julio Pérez

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Obdulio levanta a Ghiggia luego del pitazo final en Maracaná.

Aquel partido fue un antes y un después en la historia del fútbol. Uruguay era, por segunda vez, campeón del mundo. Obdulio Varela pudo cumplir con el pedido de los campeones olímpicos y mundiales de 1924, 1928 y 1930. Todos festejaron en exceso, menos él: prefirió salir por las calles de Río de Janeiro a visitar los pocos bares abiertos. En uno de ellos, se sentó y contempló la tristeza que la derrota había causado en el pueblo

brasileño. Pese a su miedo de que lo reconozcan, cuando su personalidad quedó al descubierto las charlas fueron largas y amenas, lo que llevó a Obdulio se preguntara: “¿Cómo pude hacerle esto a gente tan buena?”

La historia del Maracanazo vivirá por siempre como un capítulo especial de los Mundiales, pero a Obdulio, el distinto a todos, ya le cansaba escuchar siempre las mismas historias. “Lo pasado, pisado. Son cosas que tienen que pasar”. Tampoco le gustaba hablar de aquella final ante los brasileños, porque según él, tuvieron suerte y fueron ‘peloteados’ durante todo el partido. Ni siquiera miró fútbol en los últimos años de su vida, molesto por los bajos resultados de su querida Celeste: “Todos los países mejoraron, menos nosotros”. A Obdulio Varela le alcanzó con haber cumplido todos sus objetivos, disfrutar de las cosas sencillas que tiene la vida: la familia, los amigos y el barrio. Si bien no murió en la pobreza, tampoco tuvo una vida llena de lujos. Siempre con los pies sobre la tierra, lejos de la fama y cerca de la honestidad. No necesitó de los medios de comunicación ni de su glorioso pasado para sentirse feliz.

El hombre que enmudeció a 200.000 brasileños, también dejó mudos a 3 millones de uruguayos el día de su muerte: 2 de agosto de 1996.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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