Héctor Castro, el divino manco.

EL DIVINO MANCO

Cuando el fútbol todavía no era lo que es ahora, y la gente de a poco comenzaba a familiarizarse con el deporte rey, un hombre, de nacionalidad uruguaya, sorprendió a todos por lo que hacia con el balón pese a un problema físico muy peculiar. Ese hombre era Héctor Castro, el divino manco.

Futbolistas históricos hay muchos. Maradona, Pelé, Cryuff, Beckenbauer, Rummenigge, Platiní, son algunos de los primeros nombres que afloran rapidamente. Cada uno con sus cualidades distintas, pero ninguno con la peculiaridad de Castro. Nacido en Montevideo, en Noviembre de 1894, siempre fue un apasionado al juego de pelota, y constantemente buscaba ratos libres en su trabajo dentro de la fábrica -en la que trabajaba hace diez años- para poder patear un rato el cuero redondo. Pero a los 13 años tuvo un accidente laboral con una sierra eléctrica, la cual le corto la mano a centímetros de la muñeca y lo obligó a dejar su puesto en dicha fábrica. Cualquier mortal con sentimientos blandos se hubiese resignado a continuar con normalidad su practica de fútbol, pero  el yoruguano lo hizo. Él tenía un objetivo: Jugar en el club de sus amores. El Club Nacional de Foot Ball. Tal era su empeño por lograrlo, que a los 17 años ya era jugador del ahora extinto Club Atlético Lito, y 3 años después, su primer gran objetivo se cumplió: Nacional.

Héctor Castro junto a sus compañeros de la selección
uruguaya. Siempre tapando su muñón.


Su paso por uno de los clubes mas poderosos de Uruguay y de América no podría haber iniciado mejor. Ganó la liga, y en base a sus buenas actuaciones fue convocado para disputar la Copa America de 1926 y los Juegos Olimpicos del 1928 con la celeste. Era tiempo de renovar objetivos, y con la Copa Mundial del 1930 a la vuelta de la esquina, ¿Por qué no permitirse soñar en grande? Y así lo hizo.

Con el oro olímpico colgado en los cuellos uruguayos, la selección de Alberto Supicci, que tenia en sus filas a grandes jugadores como José Nasazzi , Pedro Petrone y Héctor Scarone, comenzó a entrenar en vistas al debut copero ante Perú. El día llegó, y miles de uruguayos se agolparon en el mítico Estadio Centenario para ser testigos del primer partido en la historia de los mundiales para la selección uruguaya, el cual venia con el plus de ser el primer partido a disputarse en aquel estadio. El resultado fue 1-0 a favor dele quipo «Charrúa», y como no podía ser de otra manera, el gol lo marcó Héctor Castro. Luego, tras golear 4-0 a Bélgica, Uruguay se enfrentó a Yugoslavia en semifinales, y el resultado fue un aplastante 6-1. En la final, esperaba Argentina.
El 30 de Junio, más de 70.000 personas concurrieron al Centenario para ser testigos de un partido histórico. Ballesteros; Nasazzi, Mascheroni; Andrade, Fernández, Gestido; Dorado, Scarone, Castro, Cea y Santos Iriarte por un lado. Botasso; Della Torre, Paternoster; Evaristo, Monti, Suarez; Peucelle, Varallo, Stábile, Ferreira y Evaristo, comandados técnicamente por la dupla Olazar-Tramutola por el lado argentino. El pitido inicial dio comienzo a un encuentro entretenido, en el que ambos equipos buscaban constantemente el gol. Tal es así, que hubo 6 tantos: Uruguay 4-2 Argentina. Lo increíble: el último gol del partido fue convertido por «El divino manco», que ya no trabajaba en una fábrica, sino que hacía vibrar a un país entero con sus goles.
Dos años después de conseguir su máximo logro se unió a las filas de Estudiantes de La Plata, aquel famoso equipo de “Los profesores”. En “el pincha” jugó solo una temporada, para después volver a su querido Nacional. Con 2 ligas más sobre sus hombros, dio por terminada su carrera como futbolista en 1936, e inmediatamente se hizo cargo del puesto de entrenador. En total, cosechó 5 trofeos bajo el cargo de DT. Falleció en 1960 producto de un infarto, pero antes de irse, ya se había dado otro lujo: un año antes, tuvo el honor de asumir como entrenador de la Selección Nacional de Uruguay. Aunque fueron pocos los partidos que pudo ver desde el banco, Héctor Castro vivirá en la historia del fútbol como un ejemplo de superación. Porque con esfuerzo y sacrificio, todos pueden cumplir sus sueños. «El divino manco» luchó por los suyos. Y los alcanzó.