Luis del Sol, el hijo del ferroviario.

LUIS DEL SOL: EL HIJO DEL FERROVIARIO

1962 fue un año cuyos primeros meses despertaron un entusiasmo generalizado en la sociedad española. A la solicitud de la Dictadura para ingresar en el Mercado Común Europeo, le siguió un decreto del Ministerio de Trabajo que equiparaba los derechos laborales de las mujeres con los de los hombres, una oleada de cambios que se vio acentuada por el arrojo de los mineros de Mieres –en huelga durante dos meses, la más larga desde el final de la Guerra– y por las expectativas que la Selección que entrenaba Helenio Herrera había levantado de cara a la Copa del Mundo que ese verano se celebraría en Chile. Para la cita mundialista, el célebre técnico argentino echó mano de un magnífico plantel de jugadores entre los que se encontraban los nacionalizados Di Stefano y Puskás y los contrastados Sadurní, Gento o Adelardo, un grupo en el que se coló un chico de 25 años que despuntó vestido de verdiblanco, se consolidó en Chamartín y se haría leyenda en el club más laureado de Italia. Es la de Luis del Sol una de esas historias con encanto que esconde el balompié español en blanco y negro y que sería impensable reproducirlas hoy en día.

Nacido en Arcos de Jalón, un pueblecito romano de la provincia de Soria, el pequeño Luis se crió en Sevilla desde los dos meses, cuando su padre, un maquinista de RENFE, fue destinado a la ciudad del Guadalquivir. En las calles de la capital hispalense tuvo su primer contacto con el balón, que pronto dejaría de ser un simple juego para convertirse en pasión, un amor que sin que él fuera consciente acabaría llevándole a la Avenida de la Palmera. Cuando cumplió los 14 años dejó los estudios y comenzó a trabajar en la Industria Subsidiaria de Aviación para ayudar a su familia, aunque no se vio obligado a abandonar el fútbol, pues el equipo de la factoría le dio cobijo hasta que, dos años después, se incorporó a los juveniles del Betis. Así, fue en ese momento cuando tanto él como su familia entendieron que aquella afición podía transformarse en una forma de ganarse la vida.

Después de hacer la ‘mili’ fogueándose en el Utrera, aquel jugador de banda, rápido, con desborde y con gol, llegó al primer equipo verdiblanco en 1953, que por aquel entonces penaba en la categoría de bronce del fútbol español. Sin embargo, la irrupción de Del Sol fue determinante en el ascenso a Segunda esa misma campaña y en una escalada hacia Primera que se completaría en 1958, cuando protagonizó uno de los momentos más gloriosos del beticismo. Fascinado por el efecto que la construcción del Santiago Bernabéu había tenido en la dimensión global del Real Madrid, el presidente sevillista Ramón Sánchez Pizjuán había propuesto la remodelación de su estadio, que fue construido a imagen y semejanza del coliseo blanco por los mismos arquitectos con el fin de hacer crecer a un equipo que sólo una década atrás había sido campeón de Liga. Según cuenta Alfredo Relaño, el azar quiso que el calendario emparejara a Sevilla y al recién ascendido Betis en la primera jornada de la campaña 1958/59, por lo que, para curarse en salud, el club rojiblanco organizó días antes un partido amistoso de inauguración ante el Jaén que concluyó 3-3. No obstante, el 21 de septiembre, el Betis ganó por 2-4 a su vecino y rival en el primer encuentro oficial del Pizjuán, cuyo primer gol lo anotó Luis del Sol.

Su carisma y su buen hacer despertaron el interés de la secretaría técnica del Real Madrid, que en 1960 se hizo con sus servicios a cambio de 6 millones y medio de pesetas, un dineral de la época. En Chamartín conquistó, además de dos Ligas, la Copa de Europa de 1960, la del 7-3 en la final ante el Eintracht de Frankfurt, donde fue titular en la medular junto a Vidal, Canario y ‘La Saeta’; y la primera edición de la Copa Intercontinental, ante Peñarol de Montevideo, en la que también formó de la partida con el ‘7’ a la espalda. Pese a todo, su vida cambiaría de forma radical tras el citado Mundial de 1962. Meses antes, Pedro Escartín –que había sido seleccionador– se olvidó en un taxi un informe en el que desgranaba a todos los internacionales y que MARCA se encargó de publicar. De Del Sol decía lo siguiente: “Es el jugador más completo, pero peca de retener la pelota”, una consideración que hacía de él una de las piedras angulares de la Selección en el campeonato chileno. No en vano, el mal papel del conjunto nacional –quedó último en la fase de grupos por detrás de Brasil, Checoslovaquia y México– provocó una revolución dentro de nuestras fronteras: se dio por acabado el glorioso ciclo de los Di Stefano, Kubala y compañía y se prohibió la contratación de futbolistas extranjeros para fomentar el producto nacional. Ante esta situación, el pujante fútbol italiano contaba con recursos suficientes como para fichar a los Peiró, Luis Suárez o Del Sol, que dejó 22 millones en las maltrechas arcas del Real Madrid. Las dudas sobre su adaptación sobrevolaron la figura de Del Sol en sus primeros meses en la Juventus, donde acabaría siendo un mito: ocho temporadas, 228 partidos, 20 goles, una Serie A y una Coppa, además de ser incluido por la afición ‘bianconera’ como uno de los mejores 50 jugadores de su historia, compartiendo panteón con Boniperti, Sívori, Zoff, Platini, Zidane o Del Piero.

Una etapa ésta, la más prolífica de su carrera, en la que no dejó de vestir la elástica nacional a pesar de las dificultades para viajar y adecuar los distintos calendarios, pues fue campeón de la Eurocopa de 1964 y aún jugaría el Mundial de Inglaterra dos años después. Su viaje concluyó, como no podía ser de otra manera, al final de la palmera –previo paso por la Roma–, donde colgó las botas a los 38 años con la satisfacción de haber dejado su impronta en el mundo del fútbol a base de regates, carreras y goles.

Julián Carpintero
@carpintero_jcg