EL CRACK QUE MURIÓ EN EL OLVIDO

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Feo. Chueco. Tenía una pierna 6 centímetros más corta que la otra, y además, los pies girados hacia adentro. Problemas en la columna y una poliomielitis sufrida cuando era muy chico. Hasta lo calificaron de débil mental y aseguraron que no servía para jugar un deporte colectivo. Así y todo, Garrincha llegó a ser uno de los jugadores más queridos por el pueblo brasilero y es al día de hoy recordado como el mejor puntero derecho que alguna vez pisó una cancha de fútbol.

Manuel Francisco dos Santos se leía en su documento, sin embargo, desde chico lo llamaron Garrincha en honor a un pájaro tan feo como veloz y escurridizo. Con pocos años de edad empezó a trabajar en una fábrica textil, donde luego de terminar su horario laboral pasaba largas horas jugando a la pelota. Esa fábrica tenía un equipo de fútbol, y él era la estrella. Imparable. Sus piernas, flacas y frágiles, confundían a los rivales. Garrincha apilaba adversarios como si nada, y los dejaba en el camino con una gambeta inexorable. En 1953 le llegó su primer desafío profesional, tras pasar a integrar el plantel del Botafogo. Y vaya si cumplió con su deber: pasó 13 años vistiendo la camiseta blanca y negra a rayas del «Fogao«. En ese lapso, se ganó el amor de su hinchada. Desbordaba, cambiaba de ritmo, se frenaba, gambeteaba, hacía goles y, sobre todo, jugaba con una sonrisa en la cara que formaba una perfecta armonía con su estilo. Se consagró campeón tres veces en el ámbito local junto a Didí, Nilton Santos, Jairzinho, Manga, Gerson y Amarildo, pero no logró hacer lo propio en torneos internacionales, ya que había un equipo rival tan o más memorable: el Santos de Pelé.

5 años más tarde le llegaría la oportunidad de romper las fronteras del Botafogo y hacerse querido en una nación sedienta de revancha por la vergüenza del Maracanazo. La cita mundialista era en Suecia y él empezó en el banco de suplentes. Recién en el tercer encuentro comenzó a jugar y terminó siendo clave para abastecer a los dos monstruos del área: Pelé y Vavá. En su primer partido, contra la URSS, volvió loco a su marcador, Kusnetsov. Tal fue el baile que le pegó por la banda derecha que una vez finalizado el encuentro le preguntaron al jugador soviético: «¿Ha visto usted a Garrincha?«.

Para el siguiente Mundial, celebrado en Chile durante el ’62, el oriundo de Pau Grande ya estaba afianzado en la «Canarinha«, aunque el desafío era aún mayor por la lesión de Pelé. Sin embargo, lo suyo volvió a ser inapelable en el sector derecho del ataque, y terminó el torneo como campeón, figura y goleador. Luego del mismo, O’Rei le dedicó estas palabras: «Era capaz de hacer cosas con el balón que ningún otro jugador podía hacer. Sin Garrincha, yo nunca me habría convertido en tricampeón del mundo«.

En total disputó 60 partidos con la selección de Brasil. Ganó 52, empató 7 y sólo perdió 1 vez, con la particularidad de que la «Canarinha» nunca fue derrotada con Garrincha y Pelé en cancha.

Hay muchas historias que nos pueden ayudar a entender por qué Garrincha no fue uno más de esos wines derechos con tanta calidad. En una gira por México gambeteó tanto e hizo exaltar de tal manera a la gente allí presente que se originó el «Oooole» que hoy escuchamos caer desde la tribuna con total naturalidad. En la misma serie de partidos amistosos realizó un gesto noble que también continúa hasta nuestros días: tiró la pelota afuera de la cancha para que atiendan a un rival que yacía lesionado en el suelo. Otra anécdota que lo pinta de cuerpo entero, pero por su ingenuidad, ocurrió cuando vestía la camiseta de Brasil. Se había comprado una radio muy cara en Suecia (que valía alrededor de 100$) y era la envidia de todo el plantel, hasta que el masajista comenzó a decirle que no servía para nada porque sólo iba a poder escuchar cosas en sueco: se la terminó comprando por 40$. Luego del Mundial de Chile, su carrera cayó en picada. Vistió las camisetas del Corinthians, Junior de Barranquilla, Red Star Paris y el Olaría, donde se retiró. Esos años estuvieron signados por una decadencia en su estilo de vida, originada en su adicción al tabaco y al alcohol. Una especial debilidad por las mujeres le dejó como resultado 14 hijos no reconocidos con distintas mujeres, incluyendo a Ulf Lindberg, producto de una gira del Botafogo por Suecia. A la temprana edad de 49 años falleció en la miseria, a consecuencia de una congestión pulmonar, pancreatitis y pericarditis, todo dentro de un cuadro severo de alcoholismo crónico. Su funeral tuvo lugar en el Estadio Maracaná y cientos de miles de personas pasaron por allí a despedirlo. El tiempo fue pasando y formó una paradoja en relación a su recuerdo.

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About Author

Estudiante de Historia en la UBA. A veces oficio de periodista. Hincha y socio de Argentinos Juniors.

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