CUESTIÓN DE FÉ

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Ayer, luego de tanta angustia y desahogo, quedó en mi exhausta capacidad de razonar una idea que, con el denotado sufrimiento como prólogo, fui dándole vueltas para dilucidar un argumento que explique lo vivido hasta ahora y que justifique semejante tortura. El colofón se resumía en una palabra: Messi.

Ya sufriste cosas mejores que estas canta el Indio en uno de los tantos himnos ricoteros. Sin dudas que, en lo que a colores futbolísticos se trata, se ha pasado por momentos mucho más complejos. El hincha está para esto, para sufrir y disfrutar luego si es que se puede, pero principalmente para aguantar, contemporizar y resistir. Incluso diría que ahí radica el goce del hincha, su naturaleza, el deleite posterior es solo accesorio.

Si el hincha está para eso el equipo debería estar para desarrollar una idea de juego, por eso en su estructura existe un cuerpo técnico que brega planes para que sus jugadores los lleven a cabo; diversas situaciones que proponen desanudar los problemas que entrega un partido o que formula el rival de turno. El técnico y sus ayudantes serán los encargados de elegir a los hombres que mejor se asemejen a la idea desplegada. En el fútbol moderno, donde el trabajo exhaustivo y estudiado al milímetro esta dejando una paridad impensable hace unos años, el seleccionado argentino parece eludir todo tipo de gestación planificada para encomendarse a un puñado de jugadores y a la limitada idea de jugar de contraataque; han pasado ya cuatro partidos del Mundial de Brasil 2014 y en tres de ellos el rival le cedió la iniciativa a la Argentina entregándole la pelota. La albiceleste fue incapaz de llevar el peso del partido desde el plano futbolístico, chocó una y otra vez contra sus propias limitaciones y, lo que es tal vez más preocupante, desde el banco de suplentes no se ve ningún tipo de reacción que provoque un cambio en el juego. Algo lógico; lo que no se trabajó durante tres años difícilmente se haga en dos semanas.


Entonces, ensimismado en aquel pensamiento, caminaba en dirección a casa interpretando los sentimientos que ensayaba con las imágenes del partido, cuando comprendí que el sosiego se establecía en mi en cada momento que Messi recibía la pelota. Ahí entendí, en aquel escarpado parangón, que ilusionarse con el juego del equipo sería una ardua tarea. Mi entusiasmo surge cuando noto que Messi está. El efecto ocurre ni bien recibe el balón, en apenas segundos uno lo comprende todo; cuando se huele su presencia de esa manera tan superlativa sabes que entre tanta mierda algo bueno puede pasar. Ayer tuvo un ángel para su soledad; fundamental que Di María recobre su nivel y se sienta importante. Son los únicos dos jugadores capaces de revertir la desesperante nulidad de ideas y el hacinamiento de errores del equipo. A Messi lo veo rodeado de soledad, no solo en criterios futbolísticos sino que lo noto singular en la perfecta comprensión que tiene sobre lo que se está jugando, lo que se quiere y, como consecuencia, de la motivación necesaria para emprender estos partidos. Cuando Lionel mira hacia atrás en el campo ve a un león como Mascherano con su conmovedor estoicismo peleando cada pelota como si fuese la última, eligiendo la muerte, si fuera necesario, antes que dar un balón por perdido. Cuando mira para adelante, a ratos, ve a Di María y poco más. Pero sucede que tiene tanto empuje su figura, su fútbol, que es capaz de contagiar de convencimiento a un plantel carente de plan B y con jugadores como Fernando Gago y Federico Fernández con nivel amateur.


Mucho tiene que mejorar la Selección para permitirnos imaginar una victoria en cuartos y muchísimo más para convencer, pero Messi está, tal vez no con la omnipresencia de hace unos años pero si
con la autoridad de su talento todopoderoso. Su aptitud incalculable persuade, seduce e induce, como un padre, al resto del equipo. Porque si la estrella converge con el hambre ganador nos encontramos con un tipo, sinónimo de fútbol, en estado de gracia. Entonces, por momentos, te hace olvidar de que el equipo no es capaz de sacar una pelota jugada desde el fondo, te ayuda a ignorar a personajes funestos que no saben que hacer con un balón en los pies, te desconecta de la angustiosa huella en la memoria que dejan un puñado de tipos incapaces de matar un partido durante tres minutos o de la justificada sensación de que la Argentina parece una desafinada banda derock and roll. Y sucede la revelación «Con este signo vencerás», como a Constantino, y ese signo es Messi. Entonces, muy tímidamente, decís por dentro «¿por qué no? ¿por qué no podemos levantar la copa del mundo si tenemos al mejor de todos?» luego la visión trágica de la vida, siempre con esa lucidez despreciable, me ayuda a comprender que así no se va a ningún lado, pero elijo creer, no en un equipo sino en él.

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El fútbol de otra manera.

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