Violencia en el fútbol: el cambio está en nosotros.

EL CAMBIO ESTÁ EN NOSOTROS

El sábado, durante el encuentro disputado entre Rosario Central y Tigre, un simpatizante local le arrojó un proyectil a Gustavo Alfaro, y lamentablemente tuvo puntería: el piedrazo dio en la cabeza del DT. Es la cuarta vez que un hecho de violencia ocurre en la misma cancha en los últimos 5 meses (y eso que hubo 2 meses de receso). Cada vez que pasan estas cosas, nos atormentan los mismos interrogantes: ¿Cómo puede darse un cambio? ¿Quién tiene la responsabilidad? ¿Quién debe encargarse de erradicar la violencia en el fútbol? ¿Cómo se puede lograr?

Desde que tengo memoria, en la cancha hay 2 tipos de hinchas. Los de verdad y los del dinero. Estos últimos, llamados popularmente como “los barras” son los que nos acostumbraron a una violencia sistemática que parece no tener fin. Arreglos con la policía, negocios con los dirigentes y connivencia con las más altas esferas de la política hacen impunes a estos hombres que mediante la fuerza y el miedo, se convirtieron en los dueños de las canchas. Sus disputas se cobraron la vida de 191 personas: algunos, barras; otros, inocentes.

Año tras año, incidente tras incidente, los dirigentes se lavan las manos y coinciden en que, si bien tienen responsabilidad, es imposible curar a nuestro fútbol de esta enfermedad sin la ayuda del Gobierno Nacional. Lamentablemente, nosotros, los hinchas del fútbol, no podemos hacer más que no darles entidad, no cantar sus canciones ni festejar sus corridas como victorias del club.

Pero esto es peor, porque es otro tipo de violencia que sí está a nuestro alcance. Es la del tipo común. No es algo estrictamente relacionado al fútbol, sino una prolongación de la violencia que se ve en las calles, del tipo que se putea con otro en un semáforo, o de aquel que no se banca perder en un picado y se va a las piñas. El plateista que le tiró un piedrazo a Alfaro era un socio más del Canalla, como también lo eran aquellos que avalaron ese accionar mirando para otro lado. Esta violencia de la que hablo (y repito la palabra) excede un piedrazo. También está presente en el nene que insulta, en los cantos xenófobos, y en la misma terquedad con que puteamos al K o al anti K por el simple hecho de que piensa distinto. Es intolerancia.

La violencia ya nos costó la pérdida de la hinchada visitante en las canchas, pero sigue ocurriendo lo mismo. La quita de puntos o inhabilitación de un estadio es por lo pronto, una medida que puede ayudar, pero dentro de dos semanas va a pasar de nuevo, en esa cancha o en otra. El cambio está en nosotros, en asumir nuestras responsabilidades como miembros de una sociedad y comportarnos como tales. Sino, ¿cómo podemos exigir lo mismo de otros?