EL PAÍS DE LOS 40 MILLONES DE TÉCNICOS

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Uno de los problemas del fútbol argentino, y sobre todo de partidos definitorios, es el extremismo a la hora de hablar. Gran parte del periodismo y de los hinchas entra en frases terminantes, rotundas, que parecieran no tener discusión, cuando lo hermoso del fútbol, un deporte en el que se trabaja toda una semana para poder ganar cuando 22 jugadores salgan a la cancha, es hermoso justamente por la infinidad de cosas que pueden pasar.

River fue campeón y Marcelo Gallardo, otra vez, será el gran héroe. Merecido lo tiene, por comandar ese resurgir de una institución que tenía varias cuentas pendientes. Pero más allá de ser un gran entrenador, Gallardo también tiene déficits. No es perfecto (no serlo no es pecado) como parecerá ahora. Y se hablará de una superioridad abrumadora sobre Guillermo Barros Schelotto, pero lo cierto es que fue un partido muy de fútbol moderno, donde se define en detalles; y muy de partido definitorio en Argentina, donde prima la tensión y el roce por sobre el juego.

Claro que decir que Gallardo no tiene la más mínima injerencia en el resultado, sería una locura. Tuvo aciertos claros, como poner a Pity Martínez en la zona de Barrios, a Mora en la zona de Fabra, romper con ese alejamiento que había entre los dos generadores de juego. Martínez y Nacho Fernández jugaron cerca; fue una sociedad determinante en ambos goles. Un arreglo que el equipo le pedía, y que realizó en el momento indicado.

Pero hasta el gol no hubo superioridad ni táctica ni territorial de River. Era todo paridad. E incluso después de encontrarse en ventaja, más allá de recuperar confianza para determinadas fases del juego, le costó neutralizar a Boca. No está en los planes de ningún entrenador que su arquero sea figura. A River lo salvó Armani (y eso tampoco es pecado, más bien, mérito por haber apuntado allí) y eso sirve para dilucidar que tampoco Gallardo palmó esa superioridad total sobre Guillermo de la que hoy se habla.

Por su parte, la forma en la que Boca llegó al partido está llena de matices. En conferencia de prensa Guillermo se mantenía altanero con el año y medio puntero, pero no se puede afirmar que esa falta de autocrítica la mantenga puertas para adentro. De hecho, salió a jugar el partido más importante del semestre con algunas modificaciones que lo demuestran. Se le pedía que no sea necio y reconociera las falencias colectivas; modificó con Cardona como enganche, una decisión de mucha lógica visto el buen rendimiento del colombiano en las últimas semanas, e incluso ayer, donde quedó en la imagen de los dos goles, pero estuvo activo y con buenas decisiones en pasajes del partido a los que los flash no llegan. La asistencia a Fabra en una jugada que él mismo comandó, no será nada para los que cuentan la historia mirando sólo el resultado, porque en frente estuvo Armani.

Guillermo, bien o mal, tomó decisiones pensadas para solucionar esa falta de juego que tanto se le recriminó. Como perdió, los periodistas, los que nunca pierden, dicen «¿Cómo va a cambiar ahora?», cuando hace un año le piden justamente eso. Será un entrenador ridiculizado, porque así es todo acá: nos sobran extremismos y faltan matices. No es mentira que a lo largo de este proceso su equipo haya fallado en momentos importantes, ni que deje cosas que desear en la lectura del partido una vez empezado, ni que tarde una eternidad en realizar variantes; sí es mentira que es un inútil, que no está capacitado dirigir a Boca. O al menos será mentira mientras en el análisis pese tanto que Scocco la haya mandado adentro y Fabra, al cuerpo de Armani.

Periodistas e hinchas: Nos falta un baño de humildad. Dejar de creer que somos los dueños de la razón, que todo es obvio y que los demás son inútiles; nos falta afirmar menos e indagar más. Aceptar el rol que nos toca: no somos técnicos, ni jugadores. Somos hinchas y periodistas. Por algo será. Eso no nos deja afuera del debate, pero sí debería invitarnos a repensar los términos y esa manía por radicalizar las opiniones.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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