EL ANCHO DE ESPADAS

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Todo parece simplificarse cuando el balón está en sus pies. Sin dudas, todos tenemos la sospecha de que algo brillante está a punto de realizar. Y nuestra intuición no falla. En dos segundos, y con un simple movimiento, ya se sacó de encima la marca de tres rivales, ya dio el pase y también se desmarcó para recibir la devolución. Seguramente, una vez que vuelva a tomar contacto con el balón, ya habrá mirado de reojo al arquero rival y tendrá definida la dirección y potencia de su remate. Argentina y Barcelona tienen al ancho de espadas.
Ese es Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, sin ningún tipo de dudas. Porque hace ya vario tiempo que nos deleitamos al verlo en el verde césped. Su capacidad goleadora, su visión de juego, sus pases milimétricos, su velocidad (no solo física, también mental). Sus ganas de superarse día a día, de perfeccionarse.
Arrancó jugando pegado a una raya y haciendo siempre una misma jugada: recibir en la derecha y recortar hacia el centro desparramando rivales como si fuesen conos. Luego, se volvió un todo terreno y aprendió a estar perfectamente ubicado para recibir y luego desnivelar. A veces, parece que está fuera de partido, pero cuando toma contacto con el balón demuestra que nunca lo estuvo. Parece llevarla atada a su botín izquierdo. Cuando encara en velocidad, da la impresión de que no hay forma de detenerlo. Algunos intentan frenarlo a los agarrones, empujones, patadas. A veces ni siquiera llegan a alcanzarlo, y otras, no impiden que él siga corriendo a toda velocidad, siempre con la mirada puesta en la pelota, como si a su alrededor nada sucediese.
 Realiza cosas casi imposibles, de “playstation”, como dicen muchos. Lo extraño, es que ya nos mal acostumbró, y las genialidades de cada fin de semana se volvieron normales. Difícilmente le quede algún récord por batir, algún premio por ganar, algún equipo al que convertirle. A su edad, Messi parece haberlo logrado casi todo. Pero es humilde y tiene alma de ganador, por eso nunca se detiene. Con el tiempo, aprendió a pararse dentro del campo de juego, a tomar las mejores decisiones, a transformarse en un líder silencioso, ponerse el equipo al hombro y aparecer cuando más se lo necesita. También mejoró facetas de su juego, como la ejecución de tiros libres y el pase-gol. Acompaña a su enorme talento con un inmenso amor por el fútbol. Porque se nota, Messi es feliz jugando al fútbol.
Pero no todas fueron alegrías para el pequeño que resultó ser un gigante. No hace mucho tiempo, supo recibir críticas de sus propios hinchas y de los periodistas de su país. Incluso, hoy por hoy, una pequeña parte del público sigue buscándole errores para poder defenestrarlo. Pero él, con su humildad, su jerarquía, su grandeza, permaneció en silencio de la boca para afuera, y se encargó de hablar en donde más importa: el terreno de juego. Con actuaciones deslumbrantes convirtió las críticas en aplausos, las dudas en certezas, las frustraciones en ilusiones.
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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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