UN ATISBO DE ESPERANZA

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El presente futbolístico de Estudiantes no es el mejor. Si se pone la lupa sobre los rendimientos, se encontrarán más falencias que virtudes. Mal funcionamiento colectivo, bajos niveles individuales, nulo volumen de juego y una numerosa colección de errores defensivos que parecen no tener fin. Pero también es una cuestión de ánimo. A los errores estructurales dentro de la cancha, se le suma un gran nerviosismo. Dudas constantes. Hasta parece que, por momentos, la pelota quema en los pies. Y cuando recibe el primer golpe, Estudiantes suele derrumbarse.

Pero entre tanta incertidumbre, Gabriel Milito y Estudiantes hallaron un atisbo de esperanza. Darío Sarmiento, joven de sólo 16 años, demostró cosas muy interesantes en apenas un puñado de minutos en la máxima categoría del fútbol argentino. El hecho de que un futbolista de esa edad deba asumir responsabilidades en fase ofensiva, refleja el momento que atraviesa el conjunto platense. Pero aún así, a Sarmiento poco parece molestarle. En un contexto de baja confianza, el juvenil actúa con un desparpajo que sus compañeros están lejos de mostrar. Se desenvuelve con una valentía asombrosa. Zurdo, encarador, con la gambeta como DNI de presentación. Entre tanta pasividad en ataque, saca a relucir todo su talento, picardía, sacrificio y juventud.

Sin demasiados futbolistas que puedan cambiar la ecuación en los últimos metros, Sarmiento demuestra que no le tiemblan las piernas para arriesgar con la pelota en los pies. Es un jugador muy vertical, capaz de acelerar en espacios reducidos y dejar en el camino a uno o dos rivales. Incluso, con una inteligencia impropia de su edad, demuestra tacto para saber cuándo mostrarse como opción, y hasta se lanza a correr hacia atrás en su afán por recuperarla. Milito determinó su debut como profesional utilizándolo como revulsivo en los complementos ante Huracán y Estudiantes de San Luis. En el primero, ante el Globo, partió como volante izquierdo, a pie natural y con marcada tendencia a ser opción de pase por dentro para organizar y acelerar el ataque en los metros finales. Ante el club homónimo, en cambio, Sarmiento ingresó a perfil cambiado y en la primera pelota que tocó, asistió a Nahuel Estévez para el gol del empate.

Dentro de la pasividad ofensiva de Estudiantes, -que pareciera jugar en cámara lenta, sin movilidad a favor del pase ni dándole sentido a cada uno-, Darío Sarmiento tiene la capacidad de ilusionar a su gente cada vez que entra en contacto con la pelota. Rompiendo líneas con toque, engaño o ruptura al espacio, el juvenil aporta algo diferente. Debe ir de a poco y lo ideal es no cargarlo de demasiadas responsabilidades en este difícil momento colectivo, pero lo demostrado indica que hay mucho potencial. Por lo pronto, Estudiantes debe enfocarse en corregir errores (ya crónicos) que nublan su horizonte, para que el joven Sarmiento pueda ser algo más que un soplo de aire fresco.

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