GORDO, DE GOLES Y TITULOS

0

 

Se puso la camiseta de River siendo un pibe, pero no le pesó. Cumplió siempre con goles de todo tipo: comunes, de taco, de cabeza, de penal; para ganar partidos, y también campeonatos. Se fue a Francia donde se creía que a fuerza de goles obtendría un boleto a las principales ligas, sin embargo, aquello nunca sucedió. Cuando el club que lo vio nacer descendió por primera vez en la historia, él tardó apenas unas horas en avisar que quería volver a dar una mano. El hincha lo esperó con los brazos abiertos. Quizás ya no sorprendía como antes, pero el olfato goleador seguía intacto. Anotó 19 goles en 38 partidos para que River volviera a Primera División, pero para su sorpresa, Presidente y Entrenador le dieron la espalda después de la ayuda brindada.

Entonces, lleno de tristeza armó las valijas en busca de nuevos destinos. Pero todo era distinto. Parecía no ser el mismo, no disfrutar. Ramón Díaz asumió y dijo que estaría encantado ante otro regreso. Tras idas y vueltas las partes se pusieron de acuerdo. Otra vez se ponía la camiseta de River. Esta vez, el mundo futbolístico le prestó mayor atención; no para elogiarlo sino para cuestionarle su aspecto físico. Que estaba gordo, lento, erraba goles y bla bla bla. Lo cierto es que hizo oídos sordos y fue el goleador en el primer titulo tras el ascenso.
Quizás no estaban tan errados aquellos que notaban un deterioro. Lo que molestó fueron las formas. La mala leche, la falta de respeto, de agradecimiento. La burla, siempre cruel. ¿Acaso para ellos, críticos despiadados, no pasa el tiempo? Les pasa a todos, y a él también, pero aún así, cuando llegó Gallardo, se las ingenió para ser importante: meter goles cuando le toque y ayudar de afuera cuando el equipo, lleno de juveniles, requiera de su experiencia.
Sumó otro titulo -viendo más de afuera que de adentro- y no se conformó. Siguió ahí, dando una mano. Nunca creyéndose más importante que nadie. Se dijo que estaba molesto por la falta de minutos, etcétera etcétera, pero lo cierto es que el plantel de River siempre lo respetó y se mostró agradecido. Gallardo hizo lo propio: siempre lo tuvo en cuenta y le dio la titularidad con capitanía incluida en la mismísima final de la Copa Libertadores. Se fue ovacionado mientras su alma no daba más de felicidad. Para él que lo vivió todo, aquello fue lo máximo. Lo único que le faltaba, en realidad: recibir el trofeo más importante de América, levantarlo y besarlo, como aquel que espera años y años al amor de su vida. Cavenaghi contempló El Monumental y salió por la puerta que merecía: la grande, la de la gloria, el reconocimiento y el cariño de toda su gente. Aquel sí era el momento de irse: lleno, pero de alegría, y tranquilo por haberlo dado todo.
Share.

About Author

1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

Leave A Reply