GABRIEL MILITO: EL ÚLTIMO ÍDOLO

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Sabido es que la pasión por un club alcanza a veces límites inimaginables. También sabido, es que dentro de un equipo de fútbol hay jugadores que logran ganarse un lugar en el corazón de sus hinchas, ya sea por un gol importante, buenos rendimientos, o el simple hecho de entregarse al máximo por los colores a los que defiende. Gabriel Alejandro Milito (Bernal, Buenos Aires. 7/9/80) es el último gran ídolo del Club Atlético Independiente.
Milito se crió en Independiente. Hizo inferiores y debutó en Primera con tan solo 17 años, de la mano de Jorge Gordillo, quien supo confesar: “La primera vez que lo vi dije: este pibe hace todo bien”. Tres años más tarde, ese pibe ya llevaba la cinta de capitán. Personalidad, liderazgo, compromiso y un nivel más que respetable, llevaron a que el defensor central sea rápidamente querido por los hinchas. Incluso, las aptitudes del zurdo zaguero despertaron el interés de clubes europeos de gran envergadura que pudieron llevárselo como jugador libre, pero el defensor siempre consideró que su salida debía dejar beneficios económicos al club de sus amores.
El cariño ya era recíproco. Milito no quería irse del club sin ganar un título. Porque esa es otra de sus virtudes: su autoexigencia y el incesante trabajo para que las cosas salgan bien. Debió esperar, es cierto, pero la espera tuvo sus frutos. Independiente se consagró campeón del Apertura 2002 y Milito fue el capitán de aquél equipo. Fue clave en la recta final, empujando a su equipo al empate en la anteultima fecha ante Boca. Así, tras lograr su objetivo, “el Mariscal” pudo irse con la conciencia tranquila y la adoración de todo su público. En su camino debió toparse con una frustrada transferencia al Real Madrid, pero sus ganas y esfuerzos no permitieron que su nivel decaiga, y eso quedó claro una vez que le tocó vestir los colores del Zaragoza.
Las lesiones complicaron la estadía de Milito en Barcelona
El hincha de Independiente nunca dejó de extrañar a su ídolo. Se alegraba por sus buenos pasos por Zaragoza y posteriormente, Barcelona, club que acabaría siendo catalogado por muchos como el mejor equipo de la historia. Sin embargo, pese a esa alegría que generaba su buen andar por Europa, nunca se dejaba de pensar en un potencial regreso. Más aún en estas épocas donde escasean los ídolos y los jugadores parecen dejarse llevar más por el dinero que por los sentimientos. Ese contexto, generaba el temor de que el ídolo nunca regrese. Pero Milito es distinto. Siempre tiene presente sus raíces. Como en la cancha, piensa, analiza, se anticipa y demuestra compromiso. Por algo, se ganó el cariño y el respeto de los tres clubes en los que jugó. Porque nunca se creyó más que nadie, pero al mismo tiempo confío ciegamente en sus condiciones, aun cuando las lesiones lo dejaron fuera de las canchas durante 18 meses. Allí se mostró una vez más la gran personalidad del zaguero. Porque no jugaba, pero sus compañeros lo tenían presente constantemente. “Soy lo que soy gracias a Milito”, reconoció alguna vez Gerard Piqué. Desde la dirigencia catalana estaban pendiente de su regreso, y desde el cuerpo técnico lo querían cerca del plantel. Incluso, Josep Guardiola le pidió a Milito que dé la charla técnica a sus compañeros antes de disputar la final del Mundial de Clubes 2010, ante Estudiantes.
Las cosas en Barcelonaya no eran tan buenas, pero aun así nunca dejó de ser querido por los hinchas catalanes ni dejado de lado por el cuerpo técnico. Pero algo dentro de Milito comenzó a hacer ruido: sus genes. Los mismos que vislumbró y defendió desde los 17 años. Los que lo llevaron a llorar de emoción, y también de tristeza. Los que provocaron una pelea con su hermano Diego Milito, en el mismísimo campo de su juego y en tonos elevados. Es que, claro, Independiente siempre fue algo sagrado en la vida de Gabriel. Tan sagrado, que en 2011 decidió regresar a la institución. Dejar la comodidad y el respeto ganado en Barcelonapara volver a sentirse útil. Para aportar cuando sentía que aún podía hacerlo. O quizás también, porque veía que su carrera iba llegando a la etapa final, y el último capítulo debía si o si, escribirse en Avellaneda.
Milito y su último partido en Independiente.

Milito volvió porque ama a Independiente. Porque es agradecido, considerado con lo que le permitió ser lo que es. Lamentablemente, su regreso coincidió con el peor momento futbolístico en la historia del club, y para peor, las dolencias físicas no lo dejaron desempeñarse en plenitud. Por esta razón, decidió alejarse de la práctica profesional en junio de 2012, sorprendiendo a muchos pero convencido de que la decisión era la más conveniente para ambas partes. Milito se retiró del fútbol con la camiseta de Independiente, siempre con su característico perfil bajo, jugando su último partido con la seriedad del primero y sin querer ser el foco de atención. Ojo, se alejó del fútbol pero no de Independiente. Volvió a acercarse al club cuando este tocaba fondo. Lo hizo desinteresamente, solo por amor. Ese amor que forjó desde pequeño, desarrolló como profesional, y promete seguir manteniendo ya no como jugador.

Escrito por: Alan Alberdi
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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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