ESTUDIANTES DEL MUNDO

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“Una convicción que se hizo Copa del Mundo. Ambiente. Clima. Piso. Hostilidad. Intriga. Estudiantes le ganó a todo. ¿Si hubo fútbol en Manchester? Tal vez no. Pero de todos modos, en Manchester preocupaba poco. Lo que importaba realmente era esto: llegar a la vuelta triunfal frente a tribunas que seguían gritando: “Animals…animals…”

Como una convicción. Así definió el periodista de El Gráfico, Osvaldo Ardizzone, a la hazaña de Estudiantes en la Copa Intercontinental de 1968, ante el Manchester United y en el mismísimo Old Trafford. Puede ser, claro, aunque si lo que necesitáramos fuese una oración, también podría ser algo así como “la consecuencia de un trabajo incesante”, o hasta podría enmarcarse dentro de la teoría de Dante Panzeri: “Fútbol, dinámica de lo impensado”. Y es que, por aquel entonces, no había rastros de que un equipo de los denominados “chicos”, pudiera coronarse. River, Boca, Independiente, San Lorenzo y Racing eran los únicos equipos que se habían dado el lujo de gritar campeón en el profesionalismo. Estudiantes fue el club que rompió con esa hegemonía. Para eso se preparó. O mejor dicho, para eso lo preparó Osvaldo Zubeldía cuando asumió como entrenador del “Pincha” en 1965. “El Zorro” -así lo apodaban- ya había mostrado su ingenio como director técnico de Atlanta, donde potenció a jugadores de la talla de Hugo Gatti, Luis Artime, y quien sería a la larga, uno de sus máximos discípulos y referente de Gimnasia: Carlos Timoteo Griguol.

Retomando a Ardizzone, la convicción fue una de las tantas armas de Zubeldía. Sus jugadores, jóvenes pero con hambre de gloria, siguieron al pie de la letra las indicaciones de un obsesivo del fútbol. Obsesivo porque Zubeldía vivía para el fútbol. Su mente parecía girar solo en torno a eso. Carlos Bilardo, el heredero esta ideología de fútbol, declaró haberse sentido “analfabeto futbolísticamente” hasta la llegada del entrenador. “Zubeldía no dejaba nada ligado a la improvisación. Estudiantes era un equipo trabajado, y eso molestaba. Por eso lo tildaban de antifútbol”, declaró Oscar Malbernat, el capitán de aquel histórico equipo.

Dentro de un llamativo -para aquella época- rigor táctico, había un jugador que sobresalía. El reconocido periodista Enrique Macaya Márquez, expresó que: “Juan Ramón Verón era el único al que no le decían nada. Era indisciplinado y tenía libertades”. Zubeldía era también, un detector de cualidades. Por eso “La Bruja” se transformó en un pilar de aquel equipo, y hasta se dio el lujo de hacer un “gol maradoniano”, vital para que Estudiantes termine consiguiendo la Copa Libertadores de 1968. El padre de “La Brujita” también supo reconocer el mérito del entrenador: “Estuve un año sin hacer un gol. Osvaldo me bancó, y después no salí más”.

Si el título nacional para Estudiantes llamó la atención, la conquista de América se vivió como una completa hazaña. El equipo platense era, entre otras cosas, un equipo trabajador, con mucho sacrificio y amor propio. Zubeldía además de inculcarle identidad al equipo, los llevó a que conozcan el reglamento del fútbol. Estudiantes sabía cómo y dónde podía sacar ventajas. Principalmente, se destacó por un riguroso trabajo en las pelotas paradas, algo que por aquellos años era subestimado por mayoría de equipos y entrenadores. Pero la película feliz ya había terminado. Llegaba el momento de dejarle lugar a la de suspenso y drama. Una misión difícil pero no imposible.

David enfrentaba a Goliat. Manchester United era el mejor equipo de Europa. Lo había demostrado ganando la Premier League, y también la Copa de Campeones ante el poderoso Benfica de Eusebio. Solo le faltaba la Intercontinental, y en frente tenía a un equipo que estaba algunos escalones abajo técnicamente. Ya habían pasado 10 años de la tragedia áerea en Munich. Bobby Chartlon lideraba dentro de la cancha a una nueva camada de cracks, encabezada por un personaje como George Best, e integrada también por otros 5 jugadores titulares que habían formado parte del título mundial de Inglaterra en 1966. Pero el fútbol es fútbol, y aquellas estrellas no pudieron demostrar su talento cuando pisaron suelo argentino. Con el apoyo de un país entero y haciendo de local en La Bombonera, Estudiantes incomodó al Manchester y le ganó con su plato favorito: la pelota parada. Marcos Conigliaro aprovechó el buen trabajo en las cortinas y se anticipó al arquero inglés para que el partido de Ida se quede en Argentina. La diferencia de sólo un gol sonaba a poco para viajar a Old Trafford. “Saltaban de contentos por haber perdido 1 a 0. Se abrazaban”, contó Bilardo. El mismo que, cuando veía a sus compañeros dubitativos por la estrecha ventaja, les decía: “Ganamos. Ya está. Estos no nos ganan más. Se terminó acá”. La confianza no sorprende viniendo de un alumno ejemplar de Zubeldía.

A Osvaldo, Carlos Pachamé lo definía como un psicólogo. Pero uno raro: porque miraba videos hasta el cansancio, y se los mostraba a sus dirigidos para ver como jugaba el Manchester de local y de visitante. El 16 de Octubre de 1968 fue el día cúlmine. El país, expectante. Solo Racing había conquistado el título mundial -un año antes-, mientras que el copero Independiente contabilizaba dos derrotas. Estudiantes era el tercer club argentino en ir por la hazaña. Al llegar a Inglaterra, se encontraron con un clima hostil generado por los medios británicos. La final era presentada publicitariamente como “guerra o muerte”. Pero como expresó Ardizzone, Estudiantes le ganó a todo. Porque estaba preparado para eso. Inquebrantables moralmente y sabiendo a lo que jugaban, comenzaron a ser campeones cuando su figura, Juan Ramón Verón, conectó de cabeza apenas iniciado el partido para abrir el marcador. De pronto, el ensordecedor griterío se transformó en silencio, y el “trámite” de remontar el partido se tornaba cada vez más complicado. Alberto Poletti se erigió como figura bajo los tres palos mientras el resto de los presentes vivían la final de distintas maneras. Unos, los demás jugadores pincharratas, se hacían cada vez más inmortales. Otros, las figuras del Manchester, se derrumbaban minuto a minuto y solo se esperanzaban con el descuento a poco del final. Los demás, los 65.000 espectadores que no podían creer lo que veían, mostraban impotencia y se excusaban en el juego brusco visitante. “Animals, Animals”, gritaron antes, durante y después del encuentro. Estudiantes prefirió ignorar y disfrutar de su epopeya.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.