INDEPENDIENTE Y SU PRIMERA CONQUISTA DEL MUNDO

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Hace 40 años, las diferencias entre el fútbol europeo y el sudamericano eran mucho más ostensibles. Basta con ver los paupérrimos resultados de todas las selecciones del sur en campeonatos del mundo (exceptuando a Brasil) para confirmarlo. Y este pozo de rendimiento era aún más pronunciado en Argentina, que, en la década del ´70, pasó por la crisis futbolística más grande de su historia: quedó afuera por primera y única vez en su historia en las eliminatorias para un Mundial (México 1970) y sufrió también una caída estrepitosa en Alemania 1974. En este tortuoso contexto, un club se alzó majestuoso por sobre todos los demás. Ganando seis Copas Libertadores en 10 años, Independiente se convirtió en el dueño indiscutido del continente, y la marca de su fina estampa combinada con la estirpe batalladora le ganaron el aplauso estruendoso de todas las hinchadas del fútbol local, quienes bautizaron a los Diablos de Avellaneda como Rey de Copas y Orgullo Nacional. Sin embargo, entre tanta gesta heroica, una hazaña se destaca por sobre todas las del “Rojo”, y las de cualquier equipo del fútbol argentino: el 28 de Noviembre de 1973, Independiente se coronó campeón de la Copa Intercontinental por primera vez y, hasta el día de hoy, es el único combinado que supo hacerlo jugando un solo partido y de visitante, ante la poderosa Juventus de Dino Zoff.

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Entre 1964 y 1973, un Independiente que ya se había ganado la fama de equipo copero, cuyo saludo en fila con los brazos levantados era marca registrada en todo el continente, logró festejar cuatro títulos de Copa Libertadores, haciéndose con el predominio indiscutido en América. La categoría infinita de cracks del nivel de Ricardo Bochini y Daniel Bertoni, confluyendo con el espíritu guerrero de íconos como Ricardo Pavoni o José Omar Pastoriza, le dieron al gigante de Avellaneda una catarata de consagraciones brillantes, incluyendo el haber destronado al Santos de Pelé (único club, junto con Peñarol, que logró vencerlo en condición de visitante). Ni la “garra charrúa” ni el jogo bonito fueron rivales para estos hombres que, con el paso del tiempo, empezaron a acumular una sola frustración. Es que, por aquellas épocas, la brecha en la preparación física y la inversión económica entre las potencias de Sudamérica y las de Europa era demasiado grande. La Copa Intercontinental se vistió con el traje de logro esquivo para los “Diablos”, que cayeron derrotados en dos ocasiones ante el Inter de Helenio Herrera, inventor del Catenaccio , y el Ajax de Johan Cruyff, inventor del Fútbol Total. Estas escuadras, que no sólo fueron gigantes en su década sino que trascendieron hasta el punto de ganarse un lugar entre los mejores combinados en la historia del fútbol internacional, le negaron a Independiente una gloria mundial que empezaba a verse cada vez más lejos.
El capricho de las instituciones europeas, exacerbado por la irregularidad de la que estaba teñida la Copa Intercontinental en la década del ´70, dictaminó que Independiente debiera dirimir su suerte en un solo partido, y en terreno hostil. 11 luchadores vestidos de Rojo pisaron el Estadio Olímpico de Roma cargando con las ilusiones de un puñado de idealistas, pero recibiendo sobre sus espaldas la egolatría de decenas de miles de italianos que respaldaban el poderío de la “Vecchia Signora” con la arrogancia de quien se siente superior aún en la derrota. Esa tarde los dirigidos por Roberto Ferreiro no pudieron desplegar el paladar negro que los caracterizaba pero, se sabía, contra los “Tanos” se definiría a tripa y corazón. Si bien sufrió en los primeros minutos con un par de tiros en los palos, el planteo del eterno “Pipo” terminó consolidando una defensa férrea con mucha movilidad y un mediocampo combativo, que logró anular la dinámica infernal de los locales. Luego de que Antonelo Cuccureddu cayera preso de los nervios, enviando un penal por encima del travesaño a los 2′ del complemento, el cotejo se volvió parejo y pudo ser para cualquiera…
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Pero claro. Allí donde el desempeño deportivo no saca diferencias, allí donde las fuerzas se equiparan y no encuentran vencedor, aparece el fuego interior de los 22 hombres que pueblan el campo de juego. Y fue en ese exacto momento en donde la mística infinita de Independiente de Avellaneda, ya probada en las fortalezas más inexpugnables de Argentina, Brasil y Uruguay, viajó hasta Roma y tomó por asalto el Viejo Continente. Menos de ¼ de hora faltaba para el final de un partido que pintaba para tablas en cero, cuando los presentes en el Estadio Olímpico fueron testigos de la magnitud de una de las sociedades más maravillosas del fútbol Mundial: una doble pared entre Bochini y Bertoni, forjada desde los potreros de Avellaneda, desde los años de juventud, desde la caradurez y la magia que los europeos jamás podrán entender, quebró la líneas de los dirigidos por Cestmir Vicpalek y puso al maestro de los maestros, al único ídolo de Diego Armando Maradona, de cara al gol. Casi como si se tratara de un mano a mano más en el baldío, como si enfrente no se encontrara Dino Zoff, uno de los arqueros más imponentes que ha dado un país de grandes guardametas, como si no tuviera en su suela la definición un encuentro que quedaría en la posteridad, “El Bocha” picó la pelota por sobre el cuerpo del portero para desatar una locura que se sigue festejando hasta el día de hoy.
El resto fue anécdotico. Golpeada y desmoralizada, la Juventus arremetió como un león herido pero no logró llevar peligro al arco de Miguel Ángel Santoro, y una multitud de italianos terminaron observando atónitos como los argentinos daban la vuelta olímpica con el trofeo en alto. Los éxitos internacionales volvieron a caer en nuestro país en años siguientes, de la mano de Boca, River y Vélez. Con el paso del tiempo, la pérdida de prestigio de la Copa Intercontinental y la paridad entre los cuadros locales y los europeos hizo que el triunfo mundial se transformara en un sueño mucho más plausible y realista. Por contexto y características, por la grandeza del rival, y por la cancha en la que se logró, aquella fue seguramente la hazaña más grande en la historia del Fútbol Argentino.

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