EL EQUIPO DE ORO: HUNGRÍA EN LA DÉCADA DEL 50

2

No todo lo que brilla es oro, pero en ciertas ocasiones aisladas, el resplandor alcanza una majestuosidad inconfundible. Vencedores en el “Partido del Siglo” y derrotados en “El Milagro de Berna”, en el Mundial de Suiza 1954 los “Magiares mágicos” de Hungría quedaron enquistados en la inefable lista de sub-campeones más recordados que el campeón. Sin embargo, ese agridulce hito es apenas la punta del iceberg de un equipo que revolucionó el fútbol mundial. El intelecto de József Bozsik, el talento inagotable de Ferenc Puskás y la explosión goleadora de Sandor Kocsis, fueron los 3 argumentos de mayor lucimiento del “Equipo de Oro” que, tomando la tradición del “9 piloto”, sentó las bases estratégicas del 4-2-4 que más adelante usaría Brasil en 1970, además de exhibir la flexibilidad, versatilidad e imprevisibilidad que luego adoptaría otra Selección histórica que se quedó a las puertas de la gloria máxima: la “Naranja Mecánica”.

Ferenc Puskas.

Como cualquier proceso de sello único y con proyección a largo plazo, el mejor seleccionado que se haya visto en la historia de los países con poca tradición futbolística tuvo su génesis en los potreros de una Budapest que todavía sufría las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, y los equipos de la Liga Húngara, que intentaban prosperar en un país que fue ocupado por la URSS y se integró al Bloque del Este, recibiendo el indispensable impulso del Consejo de Ayuda Económica Mutua (un plan de cooperación entre Repúblicas Soviéticas instaurado por Stalin en 1949). Tal es así que, llegado el momento de confeccionar la convocatoria para Suiza ´54, el DT Gusztáv Sebes armó su plantel con 22 jugadores del medio local. A pesar de su condición de país poco popular en el mundo del balón-pie, a mediados de los ´50 el sistema de juego disruptivo de los Magiares ya no era un misterio para las demás selecciones, que los consideraban candidatos serios al título. El sendero de esa irredenta Hungría venía pavimentado con el récord aún vigente de 28 partidos invicto –se estiró a 32 durante la competencia, entre los que se incluyeron aquellos que le dieron la Medalla de Oro en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952, y el famoso 6-3 ante Inglaterra en Wembley, en 1953. Por su esplendor, y por ser la primera ocasión en que un país no británico triunfaba en el mítico templo, aquella hazaña recibió el mote de “Partido del Siglo”, y sirvió para confirmar la pertenencia del “Equipo de oro” entre los mejores del Mundo.

El dominio arrollador en tenencia de balón que desplegaba Hungría le quitó protagonismo a su gran arquero, Gyula Grosics, encargado de proteger la valla cuando Gyula Lóránt y József Zakariás (que arrancaba de volante pero terminaba de central) no conseguían detener a los atacantes rivales. Por las bandas, Jeno Buzánszky y Mihály Lantos oficiaban de carrileros, convirtiéndose en los predecesores de los marcadores de punta ofensivos. Su sacrificada labor complementaba el desequilibrio externo que aportaban los punteros, Zoltán Czibor y László Budai (a veces József Tóth), pero el núcleo de la naturaleza impredecible de aquel combinado se encontraba en el centro de la cancha. Allí, Bozsik, tradicional número 5, tomaba el balón con el mentón levantado y los ojos bien abiertos, e iniciaba el tándem con Nándor Hidegkuti, quien usaba la 9 pero se retrasaba para erigirse como eje de la elaboración del juego ofensivo. La aceitada maquinaria era coronada por Puskás y Kocsis (quienes, a partir de 1958, serían rivales en Real Madrid y Barcelona, respectivamente), los aplanadores delanteros de área. El primero, recordado por su habilidad y velocidad en el mano a mano, y su brillantez en la definición, con las que llevó a la Casa Blanca a conquistar la Copa Europea de Campeones en 5 ocasiones consecutivas, codo a codo con Alfredo Di Stéfano. El segundo, ejemplo primordial de potencia goleadora, reconocido por muchos especialistas como el mejor cabeceador en la historia del fútbol.

Alemania y Hungría, la Final de Suiza 1954.

Mientras regalaban los primeros destellos de una idea deportiva y casi cultural, que más tarde sería conocida como “Fútbol Total”, los “Magiares mágicos” superaron la primera ronda de Suiza ´54 con facilidad arrasadora: 9-0 a Corea del Sur y 8-3 a Alemania Oriental, fueron las monumentales goleadas que los pusieron en 4tos de Final. En esa instancia, la exigencia se elevó considerablemente cuando debieron enfrentar al Brasil de Didí y Djalma Santos, con un Puskás lesionado que recién volvería para el cotejo decisivo. La rúbrica del 4-2 eliminó al gigante sudamericano y puso en el camino del “Equipo de Oro” a Uruguay. Con el mismo resultado, “La Celeste” sufrió en Lausana su primera caída en Copas del Mundo, viendo así frustrado su sueño del bi-campeonato. En la esperada Final, Hungría se puso arriba por 2-0 ya a los 8 minutos de partido, pero en frente se encontraba el mismo rival de tesón inquebrantable que 20 años después desbancaría a la magnífica Holanda de Johan Cruyff en otro encuentro mundialista definitorio. Alemania Federal, esa granítica Selección sin ningún interés por la historia humilde, los merecimientos morales ni la belleza lírica, eternamente dedicada a ganar, como, cuando y donde sea, logró dar vuelta el marcador para finalizar en ventaja por 3-2. “El milagro de Berna” les otorgó a los teutones su primer Mundial, y relegó a los húngaros a una derrota digna con sabor a poca justiciay nulo reflejo histórico.
 
Si bien la era exitosa de Hungría se extendió hasta finales de la década del 60 y principios del los ´70, el asombroso espectáculo de los “Magiares mágicos” tuvo su abrupto final en 1956. Tras haberse mantenido invictos por 18 partidos, superando el fatídico revés de Suiza, muchos de los jugadores del “Equipo de Oro” viajaron a España para enfrentar al Athletic de Bilbao en la vuelta de los 8vos de Final de la Copa Europea, representando al Budapest Honvéd FC (principal afluente del seleccionado). En medio de la excursión por tierras vecinas, los integrantes del gigante club capitalino escucharon la noticia del inicio de la Revolución Húngara, que desembocó en la invasión Soviética. Para alejarse del conflicto y mantenerse a salvo, la mayoría de ellos decidieron quedarse en Europa Occidental, firmando para diversos clubes de las grandes ligas de la región, y desmantelando definitivamente la estructura de uno de los equipos más vistosos y efectivos en la historia del fútbol internacional.
Share.

About Author

Comunicador social antisocial. Inconformista crónico. Profesor de Periodismo Deportivo. Fundamentalista de Messi.

2 comentarios

  1. Pingback: Duncan Edwards en el avión que no debió despegar

  2. Pingback: Luis Monti: Sobreviviendo a Mussolini

Leave A Reply