“EL TRÍO DE ORO” QUE ENAMORÓ A EUROPA

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Recordado ultimamente por el Papa Francisco, el San Lorenzo campeón de 1946 con Farro, Pontoni y Martino metió 90 goles en 30 partidos y fue el modelo a seguir del futbol europeo, donde dio cátedra durante la gira del 47.

La década del 40 es considerada la “Época de oro del Tango”. Buenos Aires era el centro de la aparición de grandes compositores del género musical más popular de entonces, que con el aporte de la literatura, incluyó un romanticismo en sus letras nostálgicas y tristes que la cultura porteña nunca más volvió a tener con ese esplendor. En medio de ese contexto cultural, el fútbol argentino era el otro entretenimiento de la sociedad, pero contrastaba con las canciones tristes del tango por la forma alegre de jugar de los grandes equipos, una característica por esos años. Ese era un sinónimo para describir al “Trío de Oro” adentro y fuera de la cancha: la alegría.

En el ocaso futbolístico de la Maquina de River, surgió el San Lorenzo del 46. Un equipo que acaparó la atención del público en general por la enorme eficacia goleadora de su delantera compuesta por Farro, Pontoni y Martino. El trío fácil de pronunciar para una canción integró al campeón argentino con 90 goles en 30 partidos ese año. Una de las razones para maravillar incluso al Papa Francisco, antes de atravesar su etapa de rebeldía juvenil como Jorge Bergoglio en medio de un país con proscripción peronista.

El Viejo Gasómetro de Avenida La Plata no fue suficiente para ese conjunto azulgrana, que formaba con Blazina; Vanzini, Basso, Colombo; Zubieta, Grecco; Imbellobe, Farro, Pontoni, Martino, Silva; San Lorenzo recibió un viaje a Europa como premio al título. La gira del 46-47 al Viejo Continente de post guerra fue una exhibición futbolística y uno de los grandes hitos deportivos del Ciclón. Los números justifican cualquier intento de ostentación: cinco victorias contra una sola derrota frente al mismísimo Real Madrid y cuatro empates. 46 goles convertidos en 10 juegos, contra 28 recibidos. En España y Portugal, las selecciones locales, Atlético Madrid, Sevilla y Porto fueron algunas víctimas de semejante poderío ofensivo del elenco de Boedo, que se desarmó un año después por la huelga de futbolistas que desembocó en el éxodo masivo de figuras argentinas al exterior, en una época llena de cracks.

Rinaldo Martino fue figura de la Juventus, pero como extrañaba mucho el tango y las carreras de caballos, solo aguantó una temporada en Italia. Se aburrió y volvió para jugar en Boca y Uruguay hasta los 32 años. René Pontoni primero se negó a jugar en Barcelona por no querer dejar los hipódromos, aunque después de una dura lesión mudó su magia a Colombia. Farro fue el único de los tres que no emigró al exterior y se quedó hasta 1952. “Mamucho” Martino, fundamental en el campeón sudamericano del 45, desafortunadamente coincidió con el periodo sin mundiales de la selección. En Turín se ganó un Fiat en una competencia de tiros libres, por lo que lo apodaron “Pie de Terciopelo” y hasta llegó a jugar un partido con la Azzurra y participar de una película. Pontoni no se ganó un auto, pero un español dueño de una tienda de licores le regaló dos botellas de coñac, emocionado al reconocer que era uno de los argentinos que le habían ganado 6 a 1 al seleccionado de España, ante la presencia del mismísimo Francisco Franco de espectador. ¿Usted no es uno de esos tíos argentinos que le han metido seis goles a la selección? ¿Esos del San Lorenzo? pues va usted a permitirme que le obsequie estas dos botellas. No me debe nada, el agradecido aquí soy yo. Que ya les contaré a todos mis amigos que ha estado usted en mi modesta tienda. Ustedes sí que me han divertido en el estadio. Nunca he visto nada igual, hombre”, le dijo el comerciante a René, tricampeón de la Copa América con Argentina y autor de 19 tantos en 19 partidos con la celeste y blanca.

Los goleadores tenían una apuesta: el último en convertir no tenía que pagar el vermouth a la noche. Una vez Armando Farro metió el último y por la noche le exigieron que pagara igual porque lo había hecho “desde afuera del área”. Ese era el espíritu, mucho antes de la aparición de los Carasucias. Vestigios del alegre San Lorenzo campeón del 46 que giró por España y Portugal en el 47. El juego todavía se vivía así en esta parte del mundo, mientras del otro lado del océano comenzaban a copiar el modelo azulgrana como paradigma del buen juego sudamericano y nacían de manera incipiente las millonarias inversiones que hoy día son habituales en el deporte.

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Estudiante de periodismo en la UNLZ. Se juega como se vive. Un, dos, tres y a lo que salga. Que gane San Lorenzo.

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