EL PRIMER TOPO GIGIO

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“A mi hija le gusta el Topo Gigio y nada más”. Esa frase fue la que justificó el recordado gesto de Juan Román Riquelme frente al palco presidencial en un día histórico: 8 de abril de 2001. Aquel día, Boca goleó a River por 3-0 y el 10 dejó una imagen que nadie pudo borrar, aunque muchos quisieran.

La décima fecha del Clausura 2001 sería testigo del Superclásico en una Bombonera repleta, en medio de rumores por el contrato de Riquelme y una pelea con Mauricio Macri, entonces presidente de Boca. El problema era su posible e inminente venta al Barcelona de España. El Xeneize no estaba bien en el campeonato, y su eterno rival peleaba mano a mano con San Lorenzo, que luego sería el flamante campeón.

24 minutos del primer tiempo, 1-0 gana Boca con gol de Hugo Ibarra. Córner para River. El equipo de Carlos Bianchi aprovechó una de sus características más fuertes: el contraataque. Marcelo Delgado se la llevó, cruzó la mitad de cancha y tocó en profundidad con Clemente Rodríguez, quien fue mucho más veloz que la salida tardía de Franco Constanzo. El arquero Millonario lo derribó y Héctor Baldassi sancionó la pena máxima. “El Torero”, como bien llamaba Marcelo Araujo a Riquelme, se hizo cargo de la ejecución. 26 minutos. El tiro fue cruzado. Constanzo adivinó y dio rebote hacia el centro del área, por lo que el enganche de Boca cabeceó y marcó el 2-0 parcial. 26 minutos y 27 segundos. Ese fue el momento exacto en el que cambió todo para Mauricio Macri. Riquelme pidió paciencia a sus compañeros que querían abrazarlo. Se dirigió al palco presidencial y llevó sus manos detrás de las orejas. “Escuchá, escuchá”, parecía decir el futbolista.

En aquel palco estaban Pedro Pompilio, Luis Buzio y Horacio Picado. Mauricio Macri, el verdadero receptor de ese mensaje, ocupaba un palco personal frente a ese, cerca de la ubicación que dispone Diego Armando Maradona. Guillermo Barros Schelotto, de penal, fue quien cerró la cuenta de esa inolvidable goleada ante River, por 3-0.

El “Topo Gigio” fue un gesto de lucha. Una forma pacífica que encontró el mejor jugador de la historia del club para exponer lo que sentía. Macri lo entendió y, a partir de ese momento, Riquelme fue una piedra en su zapato. Cuando el empresario se dedicó de lleno a la actividad política (Diputado Nacional, Jefe de Gobierno y ahora Presidente de la Nación), dejó la orden explícita: Daniel Angelici debía ocuparse del ídolo. Primero, en su cargo de tesorero, se opuso a la renovación de cuatro años que pretendía el presidente del club, Jorge Amor Ameal. Luego, se presentó a las elecciones, las ganó y la historia es conocida.

El festejo fue imitado por innumerable cantidad de jugadores de todas las nacionalidades a lo largo y ancho del planeta. Todos lo tomaron como un símbolo de guerra, una lanza para llevar en el medio de situaciones adversas. Una lanza que, bien utilizada, se clava para siempre en el corazón del receptor pero también de la gente.

Tevez, otro símbolo Xeneize, ensayando el Topo Gigio.

Los rebeldes son así. No tienen otra forma de expresarse que la simple rebeldía. A lo mejor fue el último rebelde del fútbol argentino. Lo cierto es que un humilde chico de la villa le demostró a un adinerado empresario-presidente que el amor puede más que otras yerbas. Su hija, Florencia, agradecida con el festejo.

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Estudiante de periodismo. Maradoniano y Riquelmista. "Hasta la victoria siempre". "El periodismo es el mejor oficio del mundo".

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