AQUELLA TARDE ROMANA

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Domingo 8 de Junio de 1990. El trofeo mas anhelado del planeta, pasea en manos de dos bellas mujeres montadas encima de un auto, por la pista de atletismo que rodea el campo de juego del Estadio Olimpico de Roma. Minutos después, Diego Maradona realiza su ritual. Reza, pidiéndole a Dios que su sueño, y el de millones de argentinos, se cumpla otra vez, así como se había cumplido 4 años antes, en México, y anteriormente en 1978. Llega el momento de los himnos. Ese momento que, a consecuencia de lo que ocurriría instantes después, quedaría en la cabeza de todos los argentinos, y por qué no, del mundo, como uno de los más recordados de la historia de los mundiales. Arrancaban las primeras estrofas de la melodía patria, y en paralelo, los chiflidos de los miles de fanáticos italianos que se habían acercado al estadio en aquella tarde húmeda. Esos silbidos significaban una especie de venganza contra quienes los habían eliminado en las semifinales, y por qué no, un repudio al mencionado Maradona. Y el diez no se iba a quedar callado, no señor. Aprovechando las cámaras televisivas, supone uno, mostró al mundo toda su bronca lanzando insultos contra aquellos europeos que osaban faltarle el respeto a su patria. Bronca que duró el minuto cuarenta y cinco en el que el himno permaneció sonando, para luego dar lugar al alemán.

Finalmente, la pelota comenzaba a rodar. Argentina, con algunos suplentes debido a diversas suspensiones en sus jugadores, se jugaba la final frente a Alemania, máxima candidata en ese momento. Cada equipo estaba dispuesto a explotar todas sus situaciones, pero no podían concretar, y en consecuencia, el partido fue, según FIFA, el más decepcionante de todas las finales disputadas. Al igual que en el transcurso de la copa, el juego defensivo predominaba, y el partido se hacía cada vez mas trabado. Escaseaban las situaciones de gol, hasta que a cinco minutos del final, un tal Edgardo Codesal, árbitro del encuentro, sancionó un penal inexistente para los alemanes. Todas las esperanzas argentinas estaban depositadas en Sergio Goycochea, pero sin embargo, luego serían aplastadas por Andreas Brehme, quien colocó su penal al lado derecho del arquero. Era el final. Minutos después, las camisetas azules vestidas por los sudamericanos, solo servirían para secar lágrimas. Lagrimas que no eran solo de esos once muchachos que saltaron al campo de juego esa tarde, sino también de millones de argentinos que veían como se les escapaba su tercer mundial a minutos del final, y peor aún, por una negligencia arbitral de un mexicano que les “sirvió” la copa en sus manos, expulsando no a uno, si no a dos jugadores argentinos, Pedro Monzón y Gustavo Dezzoti, el primero, bien sancionado. Pero había alguien que se lamentaba más que todos, y ese alguien era Maradona, quien había jugado en condiciones inhumanas, con el tobillo increíblemente inflamado culpa de los golpes propinados por sus rivales, incapaces de anular su gambeta cósmica.

24 años han pasado ya, y este domingo tendremos la oportunidad de tomarnos revancha. Esta vez no estará Codesal para pitar un penal a favor de los alemanes, ni Brehme para cambiarlo por un gol. Tampoco estarán Maradona, Ruggeri, Caniggia, Goycochea, pero sí estarán Romero, Garay, Mascherano, Messi… y en ellos depositamos todas nuestras esperanzas. Solo falta un paso más. ¡Vamos Argentina!

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Temperley, Ricardo Rezza y Billy Bremner. Pelotazo al nueve, siempre.

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