EL CIRCO DE LOS HERMANOS RAVANNI

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Una tarde más en el pueblo, así nomás, como si el nombre ya no existiera, para los escasos mil habitantes de Paraíso. Un grupo de muchachones regresaba de pescar mojarras en un riacho vecino, cuando la polvareda en el camino de acceso los alertó del inminente arribo de varios vehículos. Y a pesar de la distancia, todos supieron al momento de quienes se trataba. La caravana en cuestión era la del único circo que llegaba hasta allí, el de los hermanos Ravanni.

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Apuraron el paso para llevar la novedad a los vecinos. Como todos los años, se producía la visita circense, que con sus carromatos de colores, banderas brillantes y música estridente que salía por las ventanas de los vehículos, producía un verdadero alboroto, que aunque conocido, sacudía la paz del lugar.

Entraron corriendo a Paraíso, gritando ¡El circo está llegando! El revuelo entre los más chicos fue inmediato, todos fueron hacia el enorme eucaliptus que estaba en el inicio de la calle principal. Minutos después, hizo su ingreso la colorida caravana, encabezada por Melchor, el tragafuegos. Pero a pesar de la excitación, para los grandes no pasó desapercibida la ausencia de uno de los Ravanni, que siempre caminaba detrás de tan pintoresco personaje, repartiendo sonrisas y saludos, para los que ya eran amigos más que espectadores.

Era el acontecimiento del año en el pueblo y ¡Por partida doble! Ya que además del espectáculo que se brindaba debajo de la gran carpa verde, se disputaba un tradicional desafío: un partido de fútbol, entre los recién llegados y el combinado de aquella singular localidad. Un juego del que se hablaría por meses en el almacén de ramos generales, típico (¡bah! único) lugar de encuentro. El circo y el fútbol están muy ligados en Paraíso, tanto que la carpa se instalaba siempre junto a la canchita, en la que ya trabajaban Chorrito, el hijo del sodero y sus amigos, intentando dejarla en condiciones para el anhelado partido.

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En el almacén del turco Ricardo, departían amablemente Antonio, el comisario y único policía del lugar, Manuel el cura y Pablo el panadero. Tema de conversación, la llegada del circo y el partido de fútbol que se avecinaba. En eso entra Ravanni, dueño de la compañía recién arribada. Saludó a los parroquianos, a los que conocía desde varios años atrás y se incorporó a la charla.

– Amigos, veo que aquí nada cambia. Dijo señalando los vasitos de grapa y pidiéndole un trago al Turco.

– Nos llamó la atención que no desfilaras, cuando llegaste al pueblo. Le comentó Pablo.

– Sucede que no estaba de humor para hacerlo y además les traigo malas noticias. Ésta es la visita final a Paraíso, nuestras finanzas no son florecientes y debemos dejar de concurrir a varios lugares. Les habló Ravanni con evidente tristeza.

Se hizo un silencio espeso, prolongado,  nadie sabía muy bien cómo seguir la conversación. Hasta que Manuel, arreglándose la sotana, se puso de pie y se dirigió a todos.

– Estimado amigo Ravanni ¿Cuántos años hace que nos conocemos? ¿20? Quizás ¿25? Hubo circunstancias peores y siempre las hemos superado. También lo haremos en esta oportunidad.

– Lo entiendo Don Manuel, pero realmente estamos muy mal de dinero. No hay otra causa para tomar tan difícil decisión. Y aquí en Paraíso, aunque nos tratan como a familia, recaudamos muy poco y sabemos que no les podemos cobrar más. Respondió el empresario.

El Turco se mantuvo en el mostrador, pero no se perdió detalle de la conversación. Y si bien era una persona muy reservada, que el circo no viniera más, significaría perder los buenos ingresos que los artistas le dejaban en su tienda, en la semana que estaban allí. Decidió intervenir.

– Señor Ravanni, es muy cierto lo que usted menciona. Pero se me ocurrió una idea que voy a compartir con todos los aquí presentes. Todos los adultos del pueblo conocemos de memoria su espectáculo y muchos ya no concurren. Pero al partido de fútbol van todos ¿No es así?

Todos afirmaron lo dicho y animaron a Ricardo para que continúe hablando.

– Mi propuesta es la siguiente: Hagamos del partido de fútbol un verdadero desafío, cobremos una pequeña entrada y si nuestros jugadores triunfan, la recaudación quedará para ustedes, dijo mirando a Ravanni, pero deberán volver el año próximo. Por el contrario, si el triunfo es del equipo del circo, el dinero será para la parroquia de Paraíso y desgraciadamente, ya no los volveremos a ver ¿Qué me dicen?

Luego de algunos cabildeos, todos afirmaron con sus cabezas y el pacto se selló con un fuerte apretón de manos entre Ravanni y Antonio, la autoridad de aquel sitio. El decisivo match se disputaría en tres días. La noticia se difundió por el pueblo a la velocidad del rayo. Minutos más tarde era de lo único que se hablaba, tanto en el circo como en el pueblo. Manuel además del cura del lugar, oficiaba de árbitro de estos especiales partidos. Y rápidamente convocó a los que jugarían a la iglesia. Éste no sería un juego más, podría ser el ¡último!

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Nadie faltó a la cita esa tardecita. Una vez que Manuel habló de la trascendencia del partido, fue Chorrito quién dio las novedades del equipo.

– Tenemos algunos problemas Padre, nos faltan dos jugadores para completar los once y por supuesto, no tendremos ningún suplente. Abel y Ángel se fueron a vivir con su tía, y Piolín está lastimado. Informó el capitán del equipo.

– ¿Cachafaz no puede jugar? inquirió José, maestro de la escuela.

– ¿Ese? No es capaz siquiera de dar dos pasos seguidos, aportó Chorrito en relación al vago del pueblo.

-Sí que puedo, respondió desde el fondo del salón, el aludido. Otra cosa es que quiera, sonrió pícaro.

Al rato llegó otro personaje de Paraíso, el Mechas, herrero de profesión y técnico del equipo. Manuel suspiró aliviado, ya estaba quien con seguridad terminaría de armar este rompecabezas y así fue. Luego de algunas discusiones, pero conscientes de la importancia de lo que allí se jugaría, pronto quedó definido el once. Serían de la partida Cachafaz y José, el maestro. Los que vestirían la tradicional casaca verde y blanca serían: El gordo Mario al arco, José, Marcos, Esteban y Chapita, el hijo del herrero como defensores. Arturo, Tres Dedos Sotelo y Daniel, los volantes. Chorrito, el más veloz de todos, Cachafaz iría de pichero y Germán el Albino, los delanteros. Ahora a entrenar.

El equipo del circo, siempre favorito para estos partidos, salía de memoria: El Malabarista al arco, el Lanza cuchillos, el Forzudo, el Tragafuegos y la mujer barbuda (que no era mujer pero sí tenía barba) en la zaga. Tapo, Tepo y Tipo, los payasos, integraban la línea media. Adelante el Mago, el Domador y el Enano Matías, inmarcable, te pasaba entre las piernas. Sin dudas un equipo temible, llevaban años jugando juntos.

El partido de la historia

Llegó el día tan esperado, y como había predicho el Turco Ricardo ¡Todo Paraíso estaba en la cancha! Ravanni y Mechas apuraban la charla técnica y pronto quedó todo listo. Había una brisa que hacía ondear la sotana del cura, que ya estaba parado en el centro de la cancha, dispuesto al pitazo inicial. Los vecinos alentaban a los suyos casi desaforadamente, nadie quería que el circo dejase de venir. Y en ese clima de nervios y expectativas comenzó el partido. Nada había pasado en los primero 10 minutos, hasta que el Enano recibió un pase exacto y corrió pegado a la raya de cal, enfrentó a Chapita y lo eludió cual poste, centro de la muerte al medio del área y el Mago solo tuvo que empujarla a la red. Gol del circo y esto recién empezaba, el pronóstico era desalentador. Ravanni hizo retroceder un tanto a sus jugadores, se quería asegurar el triunfo y por otra parte, salvo una escapada de Chorrito, que logró centrar para Cachafaz, pero éste no dio pie con bola, los de verde y blanco no arrimaban peligro al arco del Malabarista. Y así terminó el primer tiempo.

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El segundo tiempo comenzó de la misma forma, los payasos tenían la pelota, y tranquilos con el resultado, dejaban que transcurrieran los minutos. El cura dirigía y rezaba por un milagro. El pueblo sufría y sus muchachos, a pesar del esfuerzo y las ganas, lejos estaban de dar vuelta el partido. Pero a falta de cinco minutos, Tres Dedos, en una corajeada no exenta de habilidad, llegó cerca del área de los de rojo y chocó con el Forzudo, rebotó y cayó como fulminado. Manuel no dudó ni un instante y cobró foul, Dios me perdone si no lo fue, pensó para sí. El gordo Mario abandonó el arco y corrió como un poseído, tomó la pelota para patear el tiro libre y no hubo forma de sacársela. Colocó el esférico en donde señaló el Padre, limpió con sus manos el lugar y dio cinco o seis pasos hacia atrás y se dispuso, cual profesional consumado, a ejecutar la pena. No volaba ni una mosca en la cancha. El sonido del silbato retumbó en el silencio que reinaba. Las casi mil almas allí presentes, contuvieron la respiración. Y allá fue el gordo en dirección a la pelota, se trastabilló, pero con la punta del botín la alcanzó a impactar, el balón cobró un efecto rarísimo, pasó por un costado de la barrera, pegó en un poste, en el arquero y finalmente dio en la panza de Cachafaz e ingresó al arco, casi pidiendo permiso. Uno a uno, aunque ese resultado todavía no alcanzaba. Esos pocos minutos que faltaban se jugaron con un ensordecedor aliento y aunque los de Paraíso se lanzaron temerariamente a buscar el gol que les faltaba, no lo lograron. Y el empate fue el resultado definitivo. Tras el saludo final y el cambio de camisetas, el desconcierto fue ganando a todos. El desafío hablaba de un triunfo, de cualquiera de los dos combinados, pero no de un empate ¿Y ahora?

Como en procesión, marcharon hasta el centro de la cancha. Por un lado Ravanni y por el otro: El Turco, el Panadero, el Comisario y Manuel. Cuando los cinco estuvieron juntos, fue un emocionado dueño del circo, el que tomó la palabra.

– Los felicito amigos, han jugado soberbiamente y he visto tanta gente aquí, que desea seguir viendo al circo, que les haré la siguiente propuesta: a pesar de no haber perdido, estoy dispuesto a regresar el año próximo y repetir este hermoso desafío. Y con la recaudación, si les parece, la podemos dividir entre el circo y la Parroquia.

Por supuesto que todos aceptaron de buena forma y el nuevo arreglo se selló con un fuerte y sincero abrazo. Se comunicó la gran novedad a todos, que aplaudieron y vivaron, mientras llevaban en andas al Gordo y a Cachafaz, los héroes en aquella inolvidable tarde. Tendrían circo el año próximo pero también fútbol.

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About Author

56 años, escritor. El fútbol y el rugby, mis pasiones. San Lorenzo de Almagro un sentimiento. Escribir sobre fútbol y sus protagonistas, un oficio que intento aprender día a día.

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