EL EQUIPO QUE JUGÓ PARA QUEDAR EN LA HISTORIA

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Desde que el fútbol existe, todos los esquemas, formas de juego y estilos han ganado y perdido casi en igualdad de veces. El diferencial entre los que marcan la historia y los que quedan en el camino son las convicciones. Hay luchas que valen la pena ser dadas, y este Tigre la afronta con dignidad a pesar del cruel desenlace en la Superliga.

Este presente apoteótico del Matador de Victoria no nació hace 13 partidos con la asunción de Néstor Gorosito. El estilo de juego basado en la tenencia y ataques con mucha gente lo impuso Cristian Ledesma. El «Lobo», en su primera experiencia como entrenador, construyó un plantel rico en calidad individual y con superpoblación de enganches y volantes centrales de buen pie, haciendo honor a sus magníficas cualidades como jugador. Los resultados le fueron esquivos, pero los rendimientos lejos estaban de ser malos. Al 4-3-1-2 de base con tenencia, constantes subidas de los laterales y mediocampistas dinámicos le hacía falta un equilibrio. Tal era el desequilibrio del equipo que Tigre era de los equipos con más goles a favor, incluso por encima de Boca y River, pero con una cantidad de goles en contra casi insuperable. Esto funcionó como desencadenante de su salida.

Era a todas luces ostensible que Tigre no merecía estar en los últimos puestos por su juego ofensivo, pero los resultados marcan pautas que ningún atenuante puede discutir, y la soga era cada vez más tensa. Mariano Echeverría, histórico de la casa, intentó el camino contrario: armar el equipo de atrás para adelante con un 4-4-2 clásico como rezan los libros, y la esencia sé perdió. El axioma de la manta corta era el karma que perseguía a Tigre. Un empate fulgurante ante Banfield por 4-4 mostró las dos caras: atractivas y terroríficas a la vez. El segundo entrenador en un par de decenas de fechas veía pasar el tren de la salida. Y se hizo la luz.

Fue Néstor Gorosito quien funcionó como médico que da en la tecla con la medicina para el paciente. El 4-3-1-2, tan clásico como complejo de engranar, explotó todas las características de los jugadores con ciertas premisas. El triángulo conformado por Gerardo Alcoba-Sebastian Prediger-Nestor Moiraghi se erigió como la respuesta para generar el equilibrio necesario. Los férreos marcadores centrales permitieron a los ofensivos tener la seguridad de que su arco estaba bien cubierto, sumado al cambio de Gonzalo Marinelli por el uruguayo Gastón Guruceaga en el banco. En ofensiva, Walter Montillo apareció en todo su esplendor. El ex San Lorenzo fue amo y señor de todo en el armado del equipo. La libertad ofensiva de Tigre tiene como premisa las líneas cortas para poder tener siempre una descarga que permita progresar en el campo a través del toque corto. Con la posesión de la pelota blindada, el equilibrio se hizo presente. La convicción y la pasión por una idea de juego definida permitió que la toma de riesgos esté cubierta por un conjunto sólido. La confianza que dieron los buenos resultados también hizo su parte.

El cambio de mentalidad de un equipo deprimido que para ganar debía convertir cuatro goles, a uno con la fe ciega de que el triunfo llegará, fue obra de la simpleza de Gorosito, que tocó lo necesario y potenció las cualidades de un plantel rico y dotado de capacidades para plantar bandera en cualquier cancha. El colectivo potenció las individualidades hasta un punto en el que no hay titulares ni suplentes, sino una parva de 20 jugadores listos para ser alternativa en cualquier momento sin que el equipo se resquebraje. Prueba cabal de esto fue el partido de ida ante Atlético Tucumán con siete jugadores lesionados y una victoria inapelable. Si los suplentes no bajan el listón de rendimiento, el equipo goza de buena salud. Como en sus cuatro subcampeonatos en 2006, 2008, 2011 y 2012, Tigre está otra vez cara a cara con la gloria, pero este equipo ya se guardó un lugar en el recuerdo de su gente y de varios futboleros en general.

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