Marcelo Gallardo

LAS FORMAS DEL CAMPEÓN

Hace un tiempo, pudo verse en este sitio un artículo diciendo que Carlos Carbonero había sido el mejor jugador del torneo. Pareciera que fue hace mucho, pero apenas pasó un certámen de aquella gran actuación del jugador colombiano, que acabó además con la consagración de River Plate, con Ramón Díaz como entrenador. Pareciera que fue hace más tiempo porque hoy, River es el nuevo campeón de la Copa Sudamericana. Ya no está Carbonero, ni tampoco Ramón. Marcelo Gallardo fue el artífice de una gesta que acabó con 17 años de sequía a nivel internacional. Lo curioso es que a pesar de haber pasado solo un semestre, éste River es muy distinto a aquel que también supo consagrarse.

En el debut en la Copa Sudamericana, ante Godoy Cruz, se destacó la titularidad de Ramiro Funes Mori -de buen sprint final en el anterior torneo-, haciendo dupla con otro juvenil: Germán Pezzella (sin tanto rodaje con Ramón Díaz). Bruno Urribarri reemplazó a Leonel Vangioni, aunque el ex Newell’s era el lógico titular en el puesto. Pero en el mediocampo estuvieron las novedades: Carlos Sánchez no había sido tenido en cuenta por el anterior entrenador -justamente, por la presencia de Carbonero-, pero Gallardo no dudó a la hora de pedir por su continuidad. Como volante central, Matías Kranevitter parecía destinado a quedarse con el puesto tras el adiós de Cristian ‘Lobo’ Ledesma. El tercer integrante era el mismo del semestre anterior: Ariel Rojas. «No me sirve que vivas en tu zona de confort», le dijo el joven entrenador al ex jugador de Godoy Cruz, de aceptable y silencioso rendimiento en la última consagración de River. Rojas jugó en el mismo lugar, pero con otras tareas. Aún así, en su debut realizó más pases incorrectos que correctos (16-15). Por suerte para Rojas, uno de los pocos refuerzos, Leonardo Pisculichi, tenía condiciones distintas a las del anterior enlace, Manuel Lanzini: mayor contacto con la pelota y juego cercano a los mediocampistas. Aquella noche, «Piscu» realizó 35 pases y sólo falló en 4, pero el déficit riverplatense estuvo en la ofensiva. Mientras Teófilo Gutiérrez coquetaba con Europa, Rodrigo Mora y el juvenil Lucas Boyé fueron los encargados de finalizar los ataques. Ambos salieron reemplazados. Aún así, River se hizo con el triunfo en Mendóza gracias a un agónico gol de Germán Pezzella, en lo que terminaría siendo un aviso de virtud: la pelota parada. La revancha en El Monumental sirvió para ver una mejora, y otro tipo de equipo: River dio 31 pases menos que en Mendóza, pateó el doble de veces al arco y realizó el doble de faltas. Vangioni ingresó por Urribarri y realizó tres disparos al arco, mientras que Teo, pese a estar algo inconexo, aportó más jerarquía que el juvenil Boyé. Aquella noche, el uruguayo Mora fue el autor de los dos tantos.

Ya contra Libertad de Paraguay, River llegaba afianzado y con rodaje. Un equipo «con frescura», término que suele repetir su entrenador. La mala noticia: había perdido a Kranevitter por lesión. «La máquina» debería seguir funcionando, pero sin su motor. El «Muñeco» lo entendió a la perfección. Primero probó con el juvenil Guido Rodríguez, pero la experiencia de Ponzio terminó pesando más. Y con el ex Zaragoza, River jugó de otra manera. Le costó mucho. Incluso arrancó perdiendo en Paraguay, pero tuvo la suerte de que Sánchez dejó de ser un tractorcito para ser un tractor de lujo, y empató el partido. Después, algo que pedía a gritos: goles de los pibes. Giovanni Simeone y Sebastián Driussi se encontraron con el gol. El equipo, en 15 minutos, dio una muestra de carácter y ganó 3-1. No hubo complicaciones en la revancha: Gabriel Mercado liquidó la serie en el primer tiempo y Gio volvió a decir presente. Pero atención, el juego no era el mismo. En la serie contra Libertad, Ponzio dio 108 pases contra 69 de Kranevitter en la serie ante Godoy Cruz. Lo curioso, pese a tener mucho más la pelota, River pateó menos al arco (17 contra Libertad y 30 contra Godoy Cruz), y además, también se destacan la cantidad de veces que tocaron la pelota sus centrales, principalmente Funes Mori (90), lo que habla de una posesión en una zona del campo más lejos del arco, con menor dinamismo y algo de oportunismo a la hora de golpear al rival.

La ilusión copera de River llegó a La Plata, una ciudad con algo de mística. Estudiantes fue un duro escollo: lo asfixió durante todo el primer tiempo, haciendo un equipo corto y concentrado al máximo. Además, Diego Vera aprovechó un error de Funes Mori y puso en ventaja al «León». Pero por aquel entonces, al equipo de Gallardo había que matarlo. No bastaba tenerlo contra las cuerdas. Siempre esquivó el golpe del nocaut, y luego salió renovado a cambiar su imagen. Dio vuelta los resultados contra Libertad, Rafaela, San Lorenzo, entre otros, y también lo hizo ante Estudiantes. Otra vez, gracias a la vorágine de Carlos Sánchez, primero asistiéndo a Mora para que marque su tercer gol en la Copa, y luego rematando en lo que acabó en el gol del triunfo. El equipo de Mauricio Pellegrino se quedó sin reacción. Hasta que piso El Monumental. Allí volvió a jugar de la misma manera, concentrado, metiendo, y con la dupla Carrillo-Vera complicando a la última línea. Estudiantes, merecidamente lo empató con Vera y se puso al frente con Carrillo de penal. Fue quizás el momento más difícil de River, pero el «Millo» otra vez echó mano a su amplio manual de recursos para terminar ganando.  Por arriba, de pelota parada -justo contra Estudiantes- con el guante de Pisculichi encontrando las cabezas de Mora y Funes Mori para decretar el pase a Semifinales. Allí esperaba un rival especial: Boca Juniors. Y Gallardo apuntaría todos sus cañones al Superclásico, relegando a segundo plano el torneo local.

Vale destacar que en la serie contra Estudiantes volvió a verse a River con un alto nivel de eficacia: en El Monumental remató 6 veces al arco y convirtió 3 goles. Los rivales comenzaron a complicarlo cada vez más, con planteos tácticos inteligentes que también apuntaban a desnudar falencias defensivas. Es que, Ponzio no es Kranevitter, y a la hora de ocupar espacios, el Tucumano parece experto: corre la cancha en tiempo y forma, sabe cuando meterse en los centrales y cuando ir hacia adelante. En cambio, en muchas ocasiones Ponzio priorizó la presión en solitario y dejó mucho espacio entre el mediocampo y la última línea. Seguramente Gallardo tomó nota de eso, porque ante Boca, y en La Bombonera, River fue otro equipo. Entendió a la perfección como debía jugar. Demostró carácter, personalidad, temple, coraje  y determinación. Cometió la increíble cantidad de 28 infracciones, y jugó al límite del juego brusco: Ponzio y Vangioni pudieron (o debieron) ser expulsados. Además, solo remató 3 veces al arco que custodió Agustín Orión.  Desde ambos lados, la batalla se pensó sabiendo que todo se definiría en El Monumental. El xeneize nunca le encontró la vuelta al juego friccionado que propuso River, y tampoco miró con malos ojos el empate sin goles. Lo que no esperaba Rodolfo Arruabarrena, era que su arma más peligrosa, Andrés Chávez (4 goles) se resentiría de una lesión un día antes del partido decisivo. Aunque tampoco imaginaba que jugados solo 30 segundos de partido, tendría la increíble chance de adelantarse en el marcador con un penal. Ésa es la parte más conocida: Gigliotti y el láser; desde la tensión monumental hasta el grito ensordecedor luego de que Barovero se haga prócer atajando un penal histórico. Y si hablamos de prócer futbolístico en este River, no sorprende que vuelva a aparecer el nombre de Pisculichi, el que empalmó la pelota de zurda para que viva el fútbol, viva River, viva Gallardo -en un duro momento familiar tras la pérdida de su madre- y la final internacional se haga presente en Nuñez, después de 11 años. 

El final felíz de la historia no es simple, llano, ni menos importante. Aunque el plato más fuerte estaba superado, faltaba el postre. Y en busca de él viajó River hacia Colombia, después de asegurarse llegar a la última fecha mano a mano con Racing en el ámbito local. No la pasó para nada bien en Medellín. Atlético Nacional es un equipo que lleva muchos años desplegando una idea vistosa y con buenos resultados. La velocidad de los cafeteros fue demasiado para el estrés mental y físico riverplatense. El primer tiempo fue 1-0, pero pudo ser 2-0, 3-0, o 4-0. Los locales perdonaron, y seguramente deben arrepentirse mucho. Otra vez, River reaccionó en el complemento. Otra vez, lo hizo con un gran nivel de Sánchez, pero principalmente, por la zurda de Pisculichi, que con un grandísimo remate potente y esquinado, decretó el empate. Todo se definiría en El Monumental, el escenario ideal para cortar una sequia de 17 años. Desde el primer minuto, el equipo de Gallardo mostró su hambre de gloria. Fue, fue, y fue, pero chocó siempre con el arquero argentino Franco Armani. Para peor, Teo Gutiérrez tuvo una noche olvidable, desperdiciando 5 chances de gol. Los colombianos también mostraron lo suyo, con la pausa y claridad de Mejía, la calidad de Cardona y el electrizante Ruiz. Justamente, este último tuvo en sus pies el gol de la visita, pero Barovero demostró que pese a haber alternado buenas y malas, estaba preparado para entrar en la historia. 

River venció 2-0 con dos goles de pelota parada: Mercado y Pezzella. Las finales se juegan con concentración extrema, y allí es donde Nacional pecó de ingenuo, dejando libre a dos jugadores riverplatenses, y en solo 5 minutos. Para destacar, una y mil veces, la zurda de Pisculichi. Determinante en los últimos 6 goles de River en la Copa Sudamericana. Para el fútbol argentino, es reconfortante que el ex Argentinos revalorice al tan olvidado y menospreciado puesto de enganche. Sin saber que sería figura y campeón, hace 6 meses Pisculichi le dijo a Gallardo: «Marcelo, esto es lo que le faltaba a mi carrera, lo que yo estaba esperando». Es que el Muñeco, apenas llegó, supo que el club no podía gastar mucho en refuerzos. Solo pidió por Chiarini, y con Piscu, antes necesitó hablar para sacar sus conclusiones. «Leo, te tengo visto, conozco tus virtudes, pero necesito saber si te interesa el desafío deportivo, si todavía tenes el fuego sagrado». El enganche respondió con hechos, en la cancha. El River de Gallardo, también. Y para el fútbol argentino, el poder de convicción y el pragmatismo del Muñeco, también son agua en el desierto. ¡Salud, campeón!

(@AlanAlberdi)