LA MANO DE COUDET

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El equipo volvió a dar muestras de la convicción implantada por el Chacho. Racing consiguió abrir un duelo cerrado ante Universidad de Chile gracias a un remate de Donatti que selló la clasificación. Con los cambios en el entretiempo le dio más sentido a la posesión, consiguió más amplitud y vértigo, anulando los contraataques rivales. Intensidad, tenacidad y todos comprometidos con el juego, un conjunto con el sello de Coudet.

Debió transpirar más de lo debido, pero le encontró la vuelta. El planteo de Universidad de Chile enmarañó los ataques de Racing, le bloqueó muy bien las bandas y lo obligó a centralizar demasiado en un terreno muy poblado por la visita. Bien obstruidos los receptores, el primer tiempo de la Academia fue un poco denso en la monotonía y la previsibilidad de cada avance, con el trío de ataque ofuscado y entorpecido, llevarle dificultades a Fernando De Paul fue complicado.

A pesar del panorama complejo, Eduardo Coudet fue vital para que los tres puntos –y la clasificación- se queden en Avellaneda: los ingresos de Matías Zaracho y Augusto Solari por Neri Cardozo y Diego González le dieron otra impronta al equipo. El primero fue conector entre sus compañeros a lo largo y ancho, trasladó con sentido y fue socio de cada uno; el segundo dio amplitud, ayudó a contener a Ángelo Araos y a dar equilibrio.

Igualmente, el triunfo tiene mucho que ver con la filosofía que transmitió Coudet en el club desde el primer día: insistencia en la búsqueda, variedad en las formas, vértigo constante y, sobre todo esta vez, centrales que se animen a conducir con pelota dominada, rompan líneas o arrastren marcas. Así llegó el gol de Donatti –el quinto desde su arribo en enero- que se animó a avanzar con el balón para liberar a algún compañero y, previo pase de Ricardo Centurión, sacó un derechazo para desequilibrar el resultado.

Lejos de la lucidez de otros encuentros, la convicción para no claudicar fue vital para ganar, aún cuando el empate lo dejaba casi en Octavos. Racing fue a todo o nada (una derrota lo obligaba a ganar en Belo Horizonte) con el sello de Coudet grabado a fuego: no bajar los brazos, insistir, amedrentar al rival con pulsaciones altas y comprometerse con el juego. Y en eso de involucrarse, la solución llegó gracias a uno de los zagueros.

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