EL SOCIO DEL DESIERTO

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No lector, no se confundió de página. Si, acá hablamos de fútbol. Aunque el título dé la sensación de que se homenajeará al Flaco Spinetta, el contenido será futbolero. Y aunque hayan pasado un par de días, todavía se sigue hablando de lo que dejó el Mundial. Argentina se quedó con el segundo puesto tras perder en tiempo suplementario ante Alemania, y las repercusiones fueron varias: amor a Mascherano, reconocimiento a Sabella, agradecimiento al plantel. Alegría, orgullo, tristeza e impotencia. Todos atravesamos cada uno de esos estados. Pero hay uno dando vueltas, y que lamentablemente tiene muchos adeptos: el repudio a Messi.

Si, Messi. El pibe que a los 11 años luchó como nadie para poder seguir jugando al fútbol. El que emigró a España porque acá era imposible seguir un tratamiento, y pese a que allá encontró refugio, siempre pretendió jugar para Argentina. Jamás se imaginó con una camiseta nacional que no sea la albiceleste. Demostró ser el mejor del mundo, modificando su juego y mejorando en distintas facetas. Siempre efectivo, letal, distinto. Rápido, inteligente, guapo. Messi volvió natural lo increíble. Y en Argentina lo criticaron siempre. Esperaban mucho más de el.

Como si no importara el contexto, y las características de los jugadores a los que se tiene al lado fuesen un factor intrascendente. Lionel nunca dejó de ser mejor que todos, ni criticado como nadie. Se sobrepuso ante toda idiotez que surgió: que no sentía la camiseta, que no cantaba el himno, que jugaba por plata, que Maradona había uno solo, que en Barcelona jugaba bien gracias a Iniesta y Xavi, que era pecho frío, no corría, y varias cosas más. Se puso la mochila, cargada con todas esas cosas, e igual fue el mejor de todos. Lo demostró semana a semana, o bien cada tres días. Se ganó el aprecio del mundo entero a base de humildad, sacrificio y talento. Solo en Argentina se lo puso en discusión. No obstante, jamás se le cruzó por la cabeza la idea de dejar la Selección. Fue, es y será imposible que Messi le de la espalda a la camiseta albiceleste que tanto ama. Porque es el mejor, convirtió todas las críticas en admiración con unas Eliminatorias espectaculares y amistosos en alto nivel. Su amor por la pelota pudo más que todo, y Lionel pareció, de una buena vez, conseguir el cariño que más le interesaba: el de su país.

Llegó el Mundial, y por peso propio, Messi fue la esperanza de un país entero. El máximo responsable en la búsqueda del objetivo. Era el líder futbolistico de «los 4 fantásticos», y lamentablemente, terminó siendo un solista con excelentes acordes a los que nadie supo ponerle letra. Higuaín llegó con problemas físicos, Aguero con tres desgarros consecutivos, y Di María, en un excelente nivel. Sin embargo, lo colectivo dejó algunas dudas en aquel debut contra Bosnia, con pegada de Lionel para el gol en contra y joyita también suya para sentenciar el partido. Contra Irán, la idea volvió a mostrar más falencias que virtudes, y cuando el mundo entero comenzaba a regocijarse con aquel fracaso, él agarró la bocha y la puso contra el palo con una facilidad extraordinaria. Era su Mundial. No había dudas. Por más que el equipo no funcionase, con el mejor del mundo inspirado las chances de traer la copa eran altas. Este pensamiento se confirmó con los dos goles a Nigeria. 4 goles en 3 partidos. Mejor imposible.

Llegó la hora de la verdad. Octavos de Final. Argentina – Suiza. Y otra vez, un partido complicado ante un rival que se cerró atrás. Fue Messi el único que pudo romper aquel cerrojo suizo en un par de ocasiones, pese a chocar con la figura de Benaglio. Por suerte, fue Messi también el que agarró la pelota luego de un robo de Palacio, y la llevó hasta el borde del área a pura velocidad y habilidad. Esquivó patadas y cedió a Di María, que remató de primera para meter a Argentina en cuartos. Otra vez, Lionel determinante.

En cuartos el rival fue Bélgica, al que todos apuntaban como revelación y candidata a dar batacazos por su talento individual. A esta altura, uno de los que integraban el cuarteto de «los 4 fantásticos» ya había salido por una nueva lesión: Sergio Aguero. El ingreso de Lavezzi recostado sobre el sector derecho del mediocampo terminaba con aquel grupo de cuatro atacantes. Pero igualmente, vale destacar que con Messi – Di María – Higuaín – Aguero en cancha el equipo nunca convenció, en parte, por las buenas y malas de Fideo, la desaparición del Pipa y la ya mencionada lesión del Kun. Por suerte, contra los belgas Higuaín tuvo su segunda aparición mundialista -había rebotado muy bien en el gol de Messi a Bosnia- y finalizó a la perfección una gran jugada iniciada por Lionel, que en aquel partido, jugó de una manera distinta. Con mayor disciplina táctica, recuperando balones en la mitad, presionando a los defensores, y aguantando la pelota de una manera Riquelmeana. Sin embargo, en aquel partido Messi perdió a Di Maria luego de darle una asistencia bochinezca. El cuarteto ya era dúo, y con un intérprete más fino que el otro.

Contra Holanda, el mejor del mundo jugó quizás su partido más flojo en Brasil 2014. Asfixiado por la presión holandesa, no encontró espacios ni tampoco pudo crearlos. Argentina clasificó a la final luego de los penales, y en el festejo se vio una mezcla de alegría y desahogo. Messi sabía más que nunca que había estado en un bajo nivel, pero corría a abrazarse con sus compañeros consiente de que tendría una chance más; estaba a un paso del objetivo.

La final había llegado. En frente, Alemania. Argentina hizo lo que tenía que hacer: ocupó espacios y estuvo concentrado, aplicado, dispuesto a aprovechar su momento. Messi supo sacar a bailar a Hummels, sacar un pase de la galera a Lavezzi previo al gol anulado, y también brilló a toda prisa ante Howedes para quedar mano a mano, sin ángulo, y quedar a un tiro de la eterna gloria. Se lo vio enchufado en un primer tiempo que nos dejó confirmaciones negativas: no era el Mundial de Higuaín, y les habíamos perdonado la vida. Pero claro, igualmente, tras el cabezazo alemán al palo izquierdo de Romero todos creímos que se nos iba a dar, que la suerte estaba de nuestro lado. Y además, teníamos al mejor del mundo. En el segundo tiempo, Sabella decidió mandar a la cancha a Aguero, el máximo compinche de Lionel. El Kun ingresó con responsabilidades defensivas, pero claramente para exponer las falencias defensivas de Alemania y soltar a Leo, que intentó durante todo el segundo tiempo arrancar y meter algún pase en profundidad. No tuvo suerte, pero decir que no lo intentó es una animalada. Ni Aguero estaba en buen nivel, ni Higuaín lo ayudó a lo largo del Mundial, ni Enzo Pérez -de espectaculares actuaciones- podía ponerse el traje de Di Maria. El tiempo extra nos volvía a confirmar que dependíamos pura y exclusivamente de Lionel. Sus socios ya no existían, y para colmo, el ingreso de Palacio nos hizo recordar su paso por Boca y los problemas en la definición.

Ellos no perdonaron. Aprovecharon el único desacople defensivo de todo el partido. Gotze marcó y todo se vino abajo. Ni los huevos de Mascherano ni el talento de Lionel podían vestir a la suerte de albiceleste, ni achicar la diferencia física, ni reparar todas las complicaciones psicológicas de esos minutos. Solo quedó tiempo para que Messi pruebe un tibio remate de cabeza que se fue alto, y también para que el propio Leo encare decidido al arco alemán para ser derribado por Scheweinsteiger. El tiro libre del final lo dejó expuesto. El diez volvió a cargar en su espalda aquella mochila llena de críticas absurdas. Lo tiró a las nubes y fue final. Su rostro reflejaba una enorme tristeza. Había fallado. Lo había dado todo, pero eso nunca importaría. Sabía perfectamente que los fantasmas volverían. Y hoy todos le caen a él. Seguramente lo supo desde un principio. Messi sería el responsable del victoria o la explicación de la derrota. Por eso no esbozó ni una mueca de sonrisa cuando fue a recibir su premio de Mejor Jugador del Mundial. Messi tuvo a Di Maria en cuentagotas, a Aguero en un pobre nivel físico y a un Higuaín irreconocible. Pero acá, en el país donde solo se habla para hacer uso del derecho, y se buscan culpables constantemente, eso no importa. Se opta por la crueldad de creer que por ser el mejor del mundo, Lionel estaba obligado a superar todos los obstáculos y bajar del avión con la copa bajo el brazo. Y es triste, claro. Que así sea significa un paso atrás. Volvió a ganar el exitismo. Volvimos a boxear a nuestra joya por excelencia.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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