FALTO DE MUCHO

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El pase a los cuartos de final de la Copa Libertadores significó para Independiente una ilusión a la que a día de hoy, no logra respaldar con argumentos futbolísticos que alimenten todavía más el sueño. Desde que retornó de Japón, el equipo que dirige Ariel Holan no conoce la victoria, y la preocupación crece ahora, tras ser eliminado de la Copa Argentina ante Brown de Adrogué y perder una vía de clasificación a la Libertadores del año próximo. Pero más allá de la derrota por penales, hace ruido lo falto que está Independiente de divesas cuestiones: frescura, por sobre todas las cosas, pero también ideas claras demostradas por buenos lapsos e incluso resto físico en determinados momentos. Ante esa situación, no poder contar con jugadores diferenciales como Fabricio Bustos, Alan Franco, Pablo Hernández y Maximiliano Meza, significó un dolor de cabeza a la hora de plantear el partido ante el humilde pero bien trabajado equipo de Pablo Vicó.

También sin Francisco Silva por lesión, Holan debió recurrir a una última línea improvisada como ante Santos. La diferencia fue que esta vez, el entrenador apostó por Nicolás Figal como lateral derecho para ganar más salida; con el buen antecedente de Emanuel Brítez como primer marcador central ante el conjunto brasileño, la medida tuvo mucho sentido; tanto que Figal redondeó una buena actuación, fue clave en la jugada del gol y estuvo cerca de marcar el segundo. No obstante, el defensor que pertenece a Unión de Santa Fe estuvo lejos de repetir su actuación copera: perdió duelos, cometió un penal absurdo y no mostró la convicción para romper líneas con conducciones.

El gol de Silvio Romero de penal pareció simplificar un partido en el que Independiente no se sentía cómodo, consciente de su nivel actual, de las ausencias importantes, y del karma que significan los Octavos de Final de la Copa Argentina, un rubicón que el Rojo aún no logra cruzar. El penal atajado por Martín Campaña fue un suspiro, en una primera mitad en la que no hubo voluntad para asociarse alrededor de la pelota y progresar en el campo de forma conjunta; la estrategia consistió en saltar líneas con mucha frecuencia, algo que puede entenderse al contar con un doble pivote (Nicolás Domingo – Carlos Benavídez) que no se caracteriza por la organización del juego y además, tiene pocos minutos de rodaje oficial. De hecho, el ingreso de Juan Sánchez Miño en el complemento estuvo destinado a matizar esa propuesta con más pausa y claridad en la mitad de la cancha. Por su parte, Domingo jugó un gran primer tiempo, con voz de mando, manejo de los tiempos y simpleza para distribuir; otro de buen nivel fue el misionero Martín Benítez, quien debe recuperar ritmo de partido antes de la llave ante River.

En el complemento las cosas mejoraron e Independiente jugó mucho más tiempo en campo rival, e incluso generó situaciones como para estirar la ventaja. No obstante, de un envío largo del arquero Martín Ríos, llegó el gol del empate, en una jugada que se defendió mal, con liviandad y desconcentración. A partir de allí, todas las incomodidas ya mencionadas ganaron el centro de la escena. Primaron el desorden y el apuro; faltó concepto, tranquilidad, toma de decisiones y también resto físico. Benítez perdió el arranque que tuvo en la primera mitad y los cambios -Ezequiel Cerutti no termina de acoplarse- tampoco surtieron efecto. Los penales fueron irremediables y allí continuó el desacierto. Para defender el sueño de la Libertadores, Independiente deberá hacer memoria y sacar a relucir la intensidad y el volumen de juego que supo caracterizarlo, pero que hoy aparece sólo de manera fugaz.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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