ENJAULAR A MBAPPÉ

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«Mostró al mundo lo que puede hacer, pero tiene que aprender más».

Didier Deschamps

Hace tan solo una semana que Argentina fue fulminada por un relámpago. Un siniestro déjà vu que la condujo dos décadas atrás en el tiempo, cuando en una calurosa noche de junio en Saint-Étienne un descarado adolescente inglés llamado Michael Owen rasgó las costuras de Ayala, Chamot y Vivas en todo un recital de vertiginosas conducciones, explosivos cambios de ritmo y la precisión de un cirujano que se tradujo en un penalti provocado y transformado por Alan Shearer y un fascinante gol que desde el instante en que besó las redes de la portería de Roa es historia de los Mundiales. Algo parecido a lo que hizo Kylian Mbappé (París, 1998) en Kazán en la tarde en la que, seguramente, se postuló como el futbolista destinado a dominar la próxima década del fútbol mundial. Aunque, por momentos, en el partido de cuartos Uruguay encontrara la forma de enjaularlo.

La secuencia en que Mbappé recorrió de un lado al otro  el césped del Kazan Arena en unos pocos segundos sorteando defensas argentinos con la misma suficiencia con la que el esquiador italiano Alberto Tomba descendía las pistas de los Alpes esquivando las barreras es, sin duda, una de las imágenes que pasarán a la historia de la Copa del Mundo de Rusia. Fue como cuando Luke Skywalker entendió que podía controlar la fuerza. Su descomunal partido ante una combativa Argentina con más orgullo que talento guió a la Francia de Deschamps hacia los cuartos de final, donde se mediría a Uruguay, una selección fiel a su pasado y a su historia que se presentaba como un reto mayúsculo para calibrar las opciones de Francia de volver a ser campeona del mundo veinte años después. A priori, el equipo del maestro Tabárez se presentaba como un rival diametralmente opuesto a la Albiceleste, un combinado sólido que únicamente había encajado un gol en los cuatro partidos del torneo, con una idea clara de juego basada en la solidaridad de las tres líneas, con un centro del campo muy joven pero más versátil que la vieja guardia formada por Diego Pérez, Arévalo Ríos o Gargano y dos delanteros de talla mundial que apenas si necesitan media ocasión para hacer resquebrajar al rival. Pero la lesión de Cavani, el héroe en el triunfo de octavos frente a Portugal, iba a dibujar un nuevo escenario.

Tanto Tabárez, que introdujo al abnegado Stuani en lugar de otras opciones más verticales como Maxi Gómez, como Deschamps, que se decantó por reforzar el medio dando entrada a Tolisso, demostraron el respeto que les infundía el rival que tenían en frente. Así las cosas, Uruguay no se escondió a la hora de ceder a Francia la iniciativa del juego, puesto que su plan estaba bien definido: esperar atrás, con Godín ordenando al equipo desde el centro de la zaga, con la línea de tres del medio desfondándose en defensa para favorecer los dos contra uno y esperar el mínimo error para que Suárez y Stuani pudieran morder y montar la contra. La tela de araña que formaron Torreira, Nández y Vecino –sin olvidar la inestimable labor de Bentancur, un jugador de corte más técnico al que su fichaje por la Juventus le ha hecho crecer en el aspecto táctico y físico– funcionó durante la primera media hora, cuando el extremo reconvertido a lateral Laxalt sujetó lo mejor que pudo a Mbappé y sólo el juego entre líneas de Griezmann y el poderío físico de Pogba llevaron algo de peligro a las inmediaciones del área de Muslera. Pero la falta lateral botada por Griezmann que Varane convirtió en gol con un inteligente movimiento que pilló a contrapié a la zaga charrúa varió el statu quo en el que se había movido Tabárez. La reacción no se hizo esperar y unos minutos después Cáceres habría firmado el empate de no ser por la increíble mano que sacó Lloris y que Godín no supo rematar a puerta en el rechace. Con Suárez muy desasistido sin la presencia de Cavani y con las dificultades añadidas que supone enfrentarse a un equipo en el que juega N’Golo Kanté, Francia ya había hecho lo más difícil: encontrar un agujero.

Con ese resultado se llegó al descanso y lo cierto es que a Uruguay se le notaba incómoda. Atacar a los laterales galos era un dolor de muelas, ya que tanto Pavard como Lucas Hernández se están destapando como dos de los mejores carrileros del campeonato: el primero, serio y expeditivo en defensa; el segundo, enérgico y profundo a la hora de atacar. Fue entonces cuando entre Pogba y Griezmann decidieron contemporizar el partido y bajar la temperatura corporal de Luis Suárez y Stuani, a los que nadie podrá negar que disputaran cada balón como si fuera el último. Mientras tanto, Mbappé continuaba prisionero en la madeja que tejieron Torreira, Vecino y Laxalt, al que, sin embargo, las piernas empezaron a no responderle cuando de buscar la línea de fondo se trataba. Si Uruguay tuvo alguna esperanza de igualar el duelo ésta se esfumó con el grosero error de Muslera tras un lejano, y aparentemente inofensivo, disparo de Griezmann que le hizo un extraño y acabó subiendo al marcador como el segundo tanto de Francia. Entonces sí, la dupla Griezmann-Pogba (seguramente en su mejor partido del año) hicieron del encuentro un enorme rondo que Tabárez tampoco consiguió detener con la entrada del Cebolla Rodríguez. Al final, lo más significativo fueron las lágrimas de Giménez, personificando el sentir de todo un país al decir adiós a la generación que después de tanto tiempo devolvió a la Celeste a la élite del fútbol internacional.

Así, el día en que todos esperaban a Mbappé, Griezmann se decidió a dar un paso al frente. Como afirmó Deschamps, al ‘10’, que disputó su partido menos vistoso en lo que va de Mundial, aún le quedan cosas por aprender. Y contra Bélgica tendrá un inmejorable examen para poner en práctica lo estudiado.

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Periodista amante del fútbol vintage y devoto del único emperador romano: Totti. 'Yo creía en Dios porque pensaba que Dios era del Madrid'.

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