REMEDIO EMOCIONAL

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Las finales siempre vienen acompañadas del conocido lema que reza «hay que ganarlas», sin importar cómodo. Pero toda búsqueda es importante para luego imponerse, así sea en los mínimos detalles que pueden definir un partido. Boca venció a Rosario Central en la Supercopa Argentina, y de esta manera obtuvo algo así como un remedio emocional en un año difícil de afrontar.

En la previa, Gustavo Alfaro paró el mejor equipo disponible, con Mauro Zárate ganándole el puesto a Carlos Tévez. Por su parte, el plan de partido de Rosario Central fue claro y acorde a su magra actualidad: cortar y salir rápido con Maximiliano Lovera ubicado a espaldas de Iván Marcone, de flojo partido. El desorden y el vértigo dominaron el partido en la primera etapa, y en esta faceta Boca sacó a relucir su jerarquía, aunque sin las asociaciones en corto que suele tener con los toques de Emanuel Reynoso, de poca participación. Sebastián Villa, con sus constantes diagonales, fue un dolor de cabeza constante para el elenco de Diego Cocca, siendo la única vía de escape al cerrojo propuesto por Central.

En el segundo tiempo se vio la mejor versión del equipo de Alfaro. Con el cambio de Tevez por Reynoso, Zárate pasó a tomar su lugar en la banda izquierda y sin dar referencia a su marcador, tuvo su mejor rato en el partido. De izquierda al centro, el ex Vélez generó buenas asociaciones, especialmente una con Nahitan Nández por dentro, que el uruguayo no pudo definir. Con el trajín de un partido muy físico, Central comenzó a mermar en la intensidad y Boca dominó todo el terreno. La posición de Nández, con Marcone definido como único cinco, fue clave para romper las líneas por dentro y liberar la banda derecha, donde Villa nunca disminuyó en su rendimiento. El carácter, tan reclamado por estos tiempos, fue una materia más que aprobada en esta final.

Matías Caruzzo se erigió como el guardián del área Canalla.Tres tiros en los palos y una infinidad de centros y buenos avances no fueron suficientes para que Boca pudiera desahogarse. La mano milagrosa de Esteban Andrada ante el penal de Fabián Rinaudo, y el posterior gol de Carlos Izquierdoz, definieron una serie de penales super ajustada. El Xeneize levantó la Copa y obtuvo la foto con la que Gustavo Alfaro soñaba, para sumar su primer éxito en el club y obtener mayor tranquilidad de cara a lo que viene.

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