EL NOCAUT QUE NO LLEGÓ

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Rosario Central y River protagonizaron un final apasionante. Parecieron, en ese cuarto de hora final, dos boxeadores enceguecidos y dispuestos a llevarse el triunfo más por la fuerza que por la razón. Mediocampo de paso, situaciones inmejorables para uno y otro lado. La Superliga, por un momento, se asimiló al ritmo de la Premier League. Pero en definitiva, ninguno cayó. O mejor dicho, ninguno terminó de caerse por completo. No hubo nocaut y sí reparto de puntos.

Pero no todo el partido se jugó con ese vértigo constante del final. En la primera mitad, todo fue más meditado. River intentó imponer condiciones en la noche de Rosario, con un sistema que recordó al empleado ante Boca en la primera final de la Copa Libertadores: tres defensores centrales y dos carrileros para secundar al trío de mediocampistas. Juan Fernando Quintero e Ignacio Fernández se ubicaron a los costados de Leonardo Ponzio, mientras que Lucas Pratto y Rafael Santos Borré volvieron a compartir dupla ofensiva. Edgardo Bauza, por su parte, modificó el 4-4-2 que utiliza con frecuencia, para devolverle el lugar a Néstor Ortígoza en la mitad de la cancha, aunque más liberado producto de la presencia de Fabián Rinaudo. Un 4-1-4-1 que obligó a Fernando Zampedri a estar muy alejado de sus compañeros.

Por las disposiciones tácticas de ambos, River tuvo una salída cómoda desde el fondo. Incluso contó con una ventaja importante: Central no marcó de cerca a Quintero, y el colombiano no tardó en crecer. Primero martilló el espacio intermedio entre Leonardo Gil y Rinaudo. Luego, mezcló alturas: recibió por delante, de frente al bloque rival, y también entre líneas cuando el carrilero Gonzalo Montiel ganaba altura. La apertura del marcador correspondió al genio de Quintero, aunque en una acción imprevista que fue más acierto individual. A Central le costó responder. Sobre todo por lo perdido que estaba Zampedri entre los tres zagueros visitantes. Washington Camacho y Agustín Allione tuvieron dificultades para prevalecer en los duelos individuales, mientras que Ortizoza y Gil, aunque pase y despliegue, carecen de llegada al área. Y en segundo lugar, porque Quintero tomó confianza; se sintió dueño del equipo; llevó los ataques hasta la frontal del área. Incluso en transiciones defensa-ataque, el Millonario recordó al de La Bombonera en la primera final, con Montiel siendo una bala cada vez que el equipo recuperaba la pelota.

No obstante, la floja respuesta de Franco Armani ante un remate de Allione, le simplificó a Central una ecuación que parecía difícil de resolver. El Canalla buscó alargar la cadena de pases con Ortigoza como bandera. River, que viene de una seguidilla importante de partidos, movió el banco con apuros por ganarlo. Aún así, el cambio de Nicolás De La Cruz por Montiel también le abrió puertas a Central en aquel sector. Camacho, que pasó a la izquierda, tuvo espacio para atacar. Maximiliano Lovera, en menos medida, significó otra preocupación para Milton Casco. Y Claudio Riaño, aunque errático en la definición, se movió mejor que Zampedri como única referencia de ataque; exigió más. Ambos equipos no sólo vieron que lo podían ganar, sino también que estaban a tiro de lograrlo. Las ocasiones desperdiciadas en uno y otro arco fueron inmejorables. Y aunque los dos estuvieron cerca de besar la lona, ninguno cayó. Jeremías Ledesma y Franco Armani evitaron un nocaut.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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