UNA VIEJA NUEVA DERROTA

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Un nuevo sueño terminó para la Selección Argentina. La derrota en semifinales, a manos de Brasil, echó por tierra las -tímidas- ilusiones creadas alrededor de otro certamen internacional. Esta nueva caída deja la sensación de película ya vista. La sequía continúa y lo curioso es que, al igual que en el Mundial de Rusia, y por difícil que resulte aceptarlo, una eliminación previa a la final era lo más lógico visto el contexto en el que la Albiceleste llegó a la cita en suelo brasileño. Con más dudas que certezas, Lionel Scaloni condujo un año de transición que debía renovar caras y sentar nuevas bases. Como todo proceso en formación, el de Argentina mostró inseguridades y una forma de competir más ligada al plano emocional que futbolístico. Siempre faltó fluidez para encontrar espacios en campo rival, y nunca hubo demasiada seguridad defensiva. Cuestiones que dificultaron encontrar rápido el rumbo y acelerar la cohesión del equipo. Pero aún así, la mejora vista ante Venezuela, la instancia tan cercana a la final, y el tener en frente a Brasil como anfitrión, ayudaron a sembrar ilusión en más de un futbolero argentino.

Argentina volvió a caer en una cita importante. Los títulos siguen siendo esquivos y la balanza, año a año, indica que la mochila pesa cada vez más para quienes resulten elegidos de vestir la albiceleste. Ahí está el gesto que tanto duele de Lionel Messi: mirando al suelo lleno de dolor tras una nueva frustración. También la desazón de Sergio Agüero después de un regreso más que merecido pero con idéntico final. La novela de Ángel Di María con la Selección ya resulta monótona: un gran jugador al que no se le reconocen muchos años de buen nivel, pero que de un tiempo a esta parte no logra enfocar sus buenas intenciones en actuaciones que aporten soluciones a sus compañeros. Nicolás Otamendi será otro nombre que se repetirá en la lista de derrotas. Y claro está: individualizar culpas es un error muy frecuente en estos lares, pero aún así, resulta difícil negar que para ellos más que para nadie, la caída cala hondo. Porque no es la primera y porque cada vez más cuesta resetearse y volver a enfocarse en competir al máximo de sus posibilidades físicas y anímicas.

Y aunque caer resulte algo ya normal, que duele pero no sorprende, es injusto no ahondar en las formas. Y ahí es donde, más que en otras ocasiones, futbolistas como Messi y Aguero tendrán poco y nada para reprocharse. Uno y otro, en el encuentro ante Brasil, se esforzaron más de la cuenta para no pasar desapercibidos en el campo de juego. Incrementaron sus contactos con la pelota aunque eso significara retrasar demasiado su posición. No puede decirse que no hayan asumido el liderazgo en un equipo lleno de carencias. Ambos actuaron casi como volantes, con una posición de partida muy lejana al arco rival. Y esa presencia continua en el juego sirvió para que Argentina redondeara su mejor actuación en la Copa América 2019. Las diferencias con un equipo que tiene las cosas más claras no fueron las que se creían en la previa. Mientras que Brasil tiene una nómina envidiable y un equipo con lineamientos definidos, Argentina repetía once inicial después de tres años (desde la Copa América 2016). Pero aún así, la efectividad letal de los brasileños fue uno de los pocos factores para justificar el resultado. Otra cuestión fue -y eso aumenta el sabor agridulce- la falta de fortuna para que los remates de los propios Messi y Aguero den en los postes y ni en sendos rebotes apareciera un pie corregidor que venciera por primera vez en el certamen la resistencia de Alisson Becker.

Estos aires de rebeldía que mostraron dos de los máximos referentes, sirvieron para, en cierta forma, bañar a la nueva derrota con mayor dignidad que en ocasiones anteriores. Argentina quiso -y eso quedó claro- pero no pudo. Y no pudo, sencillamente, porque no es a día de hoy un equipo al que las cosas le salgan con naturalidad y espontaneidad. Todo resultó difícil desde el día uno. Pero aún conscientes de estas dificultades hubo esfuerzo para disimularlas. La frescura que aportaron caras nuevas como Juan Foyth, Rodrigo De Paul, Leandro Paredes y Lautaro Martínez fue determinante para, primero, marcar el camino y creer que era posible. A partir de confianza en ellos mismos y deseo por demostrar su calidad, estos nombres invitaron a una reacción más relacionada con la renovación y el atrevimiento que con el nerviosismo paralizados de otros días. Para ellos, la derrota es nueva y de seguro dolorosa, pero deberán creer en aquello de que el fútbol da revancha. Básicamente, porque demostraron tener la calidad necesaria para, en el futuro, llegar a esta instancia muchas veces más. Y allí el recuerdo de esta derrota les servirá para entender mejor la situación, dominar mejor sus emociones, entender qué es más conveniente en cada jugada y lapso del partido. Ellos aportaron mucho de sí mismos para que esta derrota, ya conocida y común, tenga al mismo tiempo nuevos matices como los de ilusión y confianza en el porvenir.

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1994. Si no rueda una pelota me siento incompleto. Cuando sea grande diré que vi jugar a Messi. Disfruto de leer y escribir.

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