James Rodríguez

JAMES RODRÍGUEZ, EL TALENTOSO QUE APRENDIÓ A BAILAR

La televisión encendida después de un largo día de escuela y este niño corre a ver sus dibujitos favoritos. “El balón es mi amigo”, dice Oliver Atom. El jovencito sonríe –como cada uno de los que vio ese programa- y la frase queda marcada en su memoria. La diferencia entre él y, por ejemplo, este escritor es que James Rodríguez adoptó esa línea de “Los supercampeones” y la mantuvo como su norte durante días, luego semanas, después meses y, finalmente, años.

Él mismo se autoproclamó fanático del animé de fútbol y hasta llegó a decir que esa fue la razón por la que empezó a jugar. ¿Quién sabe? También pudo haber sido por observar a distancia e intentar superar a su padre, Wilson Rodríguez, un voluntarioso mediocampista que jugó en Primera durante casi siete años, pero que nunca le prestó atención. O quizás ambas. La única verdad comprobada, en este caso, es que James Rodríguez eligió ser futbolista. Y trabajó para lograrlo. Con esfuerzo, sacrificio y tozudez destiló su talento innato y lo transformar en una aptitud positiva para el equipo que jugase. El mote de “talentoso lagunero” no tenía que ir con él, había que darle a su arte un sentido útil.

Luego de unos largos años en las divisiones inferiores del Envigado en Colombia pasó a préstamo a Banfield. Extraña transferencia para un jugador de estas características. Las joyas con proyección suelen ir a Argentina, pero generalmente recaen en alguno de los clubes “grandes”. Raro no es malo. En este caso, todo lo contrario. El equipo del sur de Buenos Aires fue la contención perfecta para el desarrolló futbolístico de la joya colombiana. Cayó en el lugar justo, en el momento preciso y con el entrenador indicado,. Aunque los preconceptos tienden bastardearlo y minimizarlo, Julio César Falcioni fue el pulidor final de la joya colombiana.

“Yo creo que el juvenil tiene que entrar en un equipo armado y no ser la solución del equipo”, decía Falcioni. Y así fue. Con 17 años, el pequeño James empezó a tener partidos como enganche. Ahí estaba cómodo y jugaba bien. Sin embargo, su entrenador, confió en el joven y lo sacó de su zona de confort. Lo hizo mejorar. Lo paró al lado del volante central, lo llevó de mediapunta y hasta mandó de carrilero por la izquierda. Logró que la parsimonia de la mayoría de los talentosos salga del eje de la discusión. Y Rodríguez lo agradeció: “Viene de un fútbol que conoce a la perfección, sabe lo que siente y lo que necesita el jugador colombiano”

Con 19 años, “el bandido”, como le dicen, se convirtió en una pieza clave del funcionamiento del Banfield que logró el primer título de su historia. Cabeza levantada. Remate potente y conexiones con Walter Erviti lo transformaron en un eje fundamental del equipo. El traspaso a Europa cayó rápidamente.

Porto es un saco sin fondo en el que caen los futbolistas. Allí puede pasar de todo. La compra inescrupulosa de los grandes portugueses puede hacer que una “estrella en ascenso” deje de brillar. James sobresalió entre sus compañeros y con 20 años se ganó un lugar en el equipo, ganó todo y saltó al Mónaco. Antes de pasar a Francia, el fútbol luso lo tuneó. La caja torácica le cambió, casi, por completo. A la toma de decisiones le agregó velocidad y dinámica. Dejó de lado el traslado innecesario y le agregó concepto a su propia posesión de pelota. Toca y busca el espacio libre, juega con el desplazamiento de las marcas de sus compañeros.

En la Colombia de Pekerman es el hombre que corta el bacalao. Si bien es un conjunto solidario y dotado técnicamente, el primer pase es para él. Las diagonales de Víctor Ibarbo, Juan Cuadrado y Teo Gutiérrez son para generarle los espacios de pensamiento en su zona de máxima influencia: la espalda de los mediocampistas centrales. Con la cancha de frente, James domina piensa y elige una de las tres opciones de pase que le generan sus movedizos compañeros cafeteros.

James Rodríguez ya demostró que sólo lleva el ritmo en los festejos. También lo hace en la cancha. Y es un sonido que quedó para quedarse.